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Marcelo Larraquy: Aníbal Gordon encarnó la violencia de los años 70 y las zonas oscuras del poder
Hay personajes que, aunque ocuparon un lugar decisivo en la historia argentina, permanecen en los márgenes de la memoria colectiva. Aníbal Gordon es uno de ellos. Delincuente común, integrante de la Triple A, agente inorgánico de la SIDE y único civil al frente de un centro clandestino de detención durante la última dictadura, su historia reúne algunos de los episodios más oscuros y difíciles de comprender de los años setenta. En su nueva novela Gordon, el aniquilador, Marcelo Larraquy reconstruye ese recorrido con una investigación que combina el rigor histórico con los recursos de la ficción.En esta edición de Conversaciones, Hugo Alconada Mon dialoga con Marcelo Larraquy sobre el origen de este libro, el ascenso de Gordon desde la delincuencia común hasta el aparato represivo del Estado y las disputas de poder que atravesaron a la Argentina de los años setenta. También reflexionan sobre la violencia política, el funcionamiento de la SIDE, el Plan Cóndor, el valor de la novela histórica como herramienta para comprender el pasado y las lecciones que esa etapa deja para el presente democrático.—Vamos a arrancar a toda orquesta con un amigo, Marcelo Larraquy. Hola, ¿qué tal? Bienvenido.—Muchas gracias. Es un verdadero placer.—¿Te parece si, para los menores de cuarenta, presentamos a Aníbal Gordon, lamentablemente? Otra vez, Marcelo: vos, como editor de periodismo de investigación, editame si me equivoco. Aníbal Gordon fue el lugarteniente de la Secretaría de Inteligencia del Estado, la SIDE, en los centros clandestinos que funcionaron bajo su órbita: Bacacay, Automotores Orletti y Pomar. Su prontuario policial empezó en 1951, con un caso de defraudación, y rápidamente se fue poblando con otros delitos, como el robo a un Banco Nación. O sea, picante. También integró la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, que era la banda paraestatal de ultraderecha que respondía a José López Rega. Para cerrar la presentación: actuó como agente inorgánico de la SIDE, donde se lo conocía como el coronel Silva o el coronel Ezcurra, y fue responsable, entre otros, de los asesinatos de Silvio Frondizi y Rodolfo Ortega Peña, y también del secuestro de Guillermo Patricio Kelly, por el cual fue detenido y murió en prisión. ¿Correcto?—Sí. A mí me interesó contar un libro sobre Gordon porque era un personaje que había pasado de manera muy lateral por la historia de los setenta. Muere apenas llega a prisión, en democracia, e incluso ni siquiera lo juzgan por los centros clandestinos que tuvo a cargo. La singularidad es que es el único civil a cargo de los ochocientos y pico de centros clandestinos de la dictadura. El único civil es Gordon.—¿Todos los demás estaban en manos de militares o…?—Sí: policías, Prefectura, Marina. Gordon era un delincuente al que se conoce en 1983 por el secuestro de Kelly y, de alguna manera, la dictadura lo marca como diciendo: “Bueno, estos son los excesos de los que hablamos. El hombre que cometía los excesos no tenía nada que ver con nosotros”, o relativamente. Yo creo que le hacen una emboscada con el secuestro de Kelly: le dan un secuestro por encargo y rápidamente la esposa de Kelly…—Pisa el palito.—Pisa el palito y rápidamente la esposa de Kelly da los nombres. Su nombre aparece por primera vez. Decía que tenía un taller mecánico para la lucha contra la subversión. Esa era la explicación que se daba. Pero los propios militares ya empiezan a dar el currículum de él para tapar lo que estaba pasando con Massera, Astiz…—Que se lleve la marca.—Claro, exactamente: que se lleve la marca. Lo detienen; se mantiene prófugo muy poco tiempo. En febrero de 1984 lo detienen y va a prisión. Es un personaje que, en el libro, es difícil de creer. Es poco conocido y, a la vez, difícil de creer.—¿Por qué este libro y por qué ahora?—Yo venía de Galimberti, de López Rega; hice libros de Bergoglio. Me parecía que Gordon ameritaba un libro porque era prácticamente un desconocido que había quedado como un flash en la memoria de los años setenta. Probablemente nunca se iba a volver a hablar de él, pero era muy mencionado dentro de las causas judiciales de Orletti. Era como una nebulosa: había un jefe que se llamaba Gordon. Después, obviamente, había secuestrado también a Mariano Grondona en 1976 y lo lleva a Orletti, y también a Luis Brandoni. Tenía un posicionamiento político nacionalista, contrario al de Martínez de Hoz, y secuestraba figuras de la farándula para dar una explicación política. Quería charlar con ellos, explicarles quiénes eran. Pero el recorrido de él me parece que es el de un hombre que viene de un lugar de donde no viene nadie de los setenta: la delincuencia. Esa es la novedad.—¿Cómo es que este hombre da ese salto de la delincuencia común a los crímenes políticos?—Creo que él ve una oportunidad. Para marcar un poco el panorama: era del Bajo de San Isidro, del centro del casco histórico. Provenía de una familia, de un matrimonio, común. Tenía antecedentes por robo de autos porque había tenido una educación técnica. El padre trabajaba en el correo. Era un muchacho de clase media que trabajaba como mecánico en agencias de autos y que tuvo robos de autos en San Isidro a inicios de los cincuenta. Después hay un silencio jurídico tremendo, que a mí me sorprende muchísimo. Por informaciones, entiendo que se dedica al contrabando, pero sin detenciones. Las detenciones saltan enseguida en el archivo. Él se va a Colón, provincia de Buenos Aires, y arma una fachada familiar: los hijos estudian ahí, la esposa saluda a los vecinos; es muy querido, muy amable, y lleva una avioneta al aeroclub. Es un hombre de cierto poder. Se asocia al aeroclub de Colón y ahí organiza el robo al banco de Bariloche, el Banco de Río Negro, que es el banco provincial: el robo más importante de la historia de la Patagonia. La fuga es cinematográfica porque se escapa en una avioneta.Entonces aparece la confusión de la época, en 1971: si era un robo de la guerrilla, porque uno de los que lo acompañan deja una bandera argentina frente al gerente, como un acto patriótico, robar un banco, que era también la visión de la guerrilla. La diferencia es que la guerrilla se llevaba la bandera, como diciendo: “Ustedes no merecen tenerla; la bandera nos corresponde a nosotros”. Gordon tiene un raid impresionante de robos. La banda con la que se mueve es muy pesada. Mata a un policía porque le pide identificación y él ya estaba prófugo. Lo mata de una manera como mataba también la Triple A: con las manos atadas y el cuerpo tirado en un descampado, en octubre de 1971. Ya tenía la expertise de esa violencia criminal que después va a utilizar la Triple A. Esto no es casual. Después cae en un pabellón de presos políticos porque, en uno de sus autos, tiene una granada. Entonces lo juzga el tribunal antisubversivo. —En esa línea, en la página 17, ponés, hablando de Aníbal Gordon: “Es un perfecto simulador, un paciente y estudioso observador de la conducta humana”. Te invito a dar un paso previo: ¿quién fue Aníbal Gordon?—Exactamente eso: un artista del robo y de la violencia. Donde ve el crimen, ve una oportunidad; una oportunidad para escalar en el poder, en el poder político que da la violencia. La violencia como herramienta para crecer después políticamente. Yo cuento mucho cómo era la violencia en La Plata entre los grupos que salen de la universidad. Empieza esa violencia en el grupo que yo llamo la Concentración, en La Plata, y Montoneros. Empieza como una pelea porque acá hay una capa que es la pelea entre la izquierda y la derecha del peronismo. Es una capa de violencia que se da a partir del regreso de Perón. Los de la Concentración están del lado de Rucci para defender la doctrina; son realmente peronistas nacionalistas. Pero después llegan los pistoleros. Ya es directamente un crecimiento armado en agosto de 1974. Ahí lo empiezan a convocar a Gordon como alguien pesado para actuar y ya actúa como parte de la SIDE, con un alias, como capitán del Ejército.-Página 81 de este libro: “Si se lee al revés, suena bizarro. El delincuente Gordon reclama apoyo a la sección Investigaciones de la Policía, que tres años antes lo perseguía por el robo al banco de Bariloche y otras tropelías. Ahora se ponían a sus órdenes”. A vos, todavía hoy, Marcelo, ¿te sorprende el nivel de locura colectiva que vivió este país?—Bueno, sí. Es como la necesidad de un personaje así. La SIDE necesita a alguien que actúe operativamente de esa manera. Yo también cuento que se mete en el Concejo Deliberante de Quilmes, que va a hacer allanamientos y que después se mete en la pelea interna del peronismo, como más adelante se va a meter en el Plan Cóndor. Obviamente sorprende porque es un caso poco estudiado. Nadie, desde la violencia del delito común, llegó a este tipo de violencia política. Vos podés tener un militante armado que atacó un cuartel en Formosa, o un militante de la derecha del peronismo que mató a tal o cual. Pero este no era un militante. La violencia le da la herramienta; el poder es su propia violencia. Además, no es la violencia de un marginal: es la violencia de un tipo que operaba de traje. —Hay un momento, ya en plena dictadura, en el que se abren los centros clandestinos de detención bajo el control del Ejército, de la Marina y algunos de la Policía, y la SIDE decide tener uno propio. Son los tiempos de Otto Paladino al frente de la SIDE. En la página 217 decís que el general Otto Paladino le dice a Aníbal Gordon que quiere que el inmueble donde están, que va a ser el centro clandestino de detención, “funcione al estilo del Mercado de Abasto: acopio y distribución de mercaderías, con estadías cortas, lo más cortas posibles” Así es como la SIDE tiene su propio centro clandestino de detención, Bacacay, como parte del Plan Cóndor y bajo el mando de Aníbal Gordon".— Esta investigación de Bacacay es absolutamente nueva. Mucha gente que declaraba no sabía dónde había estado. Hacía una descripción que no coincidía con Orletti, pero daba a entender que era el mis
Fuente: La Nación