Maldición eterna a quien lea estas páginas: una entrañable adaptación al teatro de la novela de Manuel Puig

Maldición eterna a quien lea estas páginas. Autor: Manuel Puig. Adaptación teatral: Claudia Piñeiro y Marcelo Moncarz. Dirección: Marcelo Moncarz. Intérpretes: Luis Campos, Mateo Chiarino, Luz Miraldi. Escenografía y vestuario: Alejandro Mateo. Iluminación: Ricardo Sica. Música original: Tom CL. Sala: Hasta Trilce, Maza 177. Funciones: domingos, a las 18. Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: Muy buena.La narrativa y el teatro han sido dos de las actividades más transitadas por el argentino Manuel Puig a lo largo de su carrera. También algunas de sus obras literarias fueron llevadas al cine (El beso de la mujer araña, Pubis angelical) y hasta la danza se apropió de uno de sus textos, Boquitas pintadas, a través de una magnífica puesta de teatro danza de Oscar Araiz.Puig, que de joven sintió, además, una profunda atracción por el cine y llegó a realizar algunas participaciones cuando estudiaba esa disciplina en Italia, seguramente nunca pensó en convertir Maldición eterna a quien lea estas páginas en una pieza de teatro. Aunque todo su texto se desarrolla siguiendo el diálogo entre sus dos protagonistas. Claro que en el original no hay didascalias, pero bien se podría ubicar a ese material dentro de la categoría de narraturgia, ya que no son precisos los límites entre el teatro y la narrativa.La novela Esta novela es muy particular dentro del panorama de su obra. Se publicó en 1980, cuando el autor estaba exiliado en Nueva York. La acción transcurre en esa ciudad y durante mucho tiempo se dudó si la novela fue escrita en inglés o en español. Aparentemente fue en este segundo idioma.Puig explicó que en cierta oportunidad conoció a un estadounidense de características muy peculiares, él que, a cambio de una paga, aceptó que el autor hiciera una extensa entrevista sobre su vida que luego sintetizó en Maldición eterna...Los protagonistas son Ramírez, un hombre de 74 años que padece afasia, un trastorno neurológico del lenguaje que lo obliga a utilizar expresiones breves. Sus recuerdos desaparecen o se trastocan y además tiene problemas de movilidad por lo cual está en silla de ruedas. El otro es Larry, un joven exprofesor de historia, que es contratado para asistir al enfermo en sus salidas por las calles neoyorquinas. No es el trabajo que desea realizar, pero es el que encontró y le posibilita una pequeña subsistencia.Ramírez y Larry, en un comienzo, parecen dos hombres muy opuestos pero, poco a poco, el espectador irá descubriendo que poseen muchas cosas en común y tal vez por eso, aunque algunos enfrentamientos parecerían que los obligarán a separarse, no lo hacen. Al cabo del tiempo Larry termina revelando aspectos del pasado de Ramírez que este se niega continuamente a recordar. Y lo hace cuando logra decodificar algunas marcas que aparecen en unos libros que Ramírez recibe desde Buenos Aires.Allí asoman elementos que permiten descubrir que ambos hombres han estado o están (en el caso del joven) involucrados en el activismo político y gremial.La obraLa versión teatral que conciben Claudia Piñeiro y Marcelo Moncarz es muy ajustada al texto original y han logrado que su síntesis de la obra repare en aquellos temas que al autor le interesan que queden registrados en la memoria del lector/espectador. Lo primero a destacar es el trabajo sobre el empleo de la palabra. Encontrar la expresión exacta que lleve a una definición concreta: ¿qué miedos provoca el recuerdo, el exilio o la necesidad de involucrarse en una comunidad desconocida? También las dudas o temores que les despierta la soledad. Y, en particular en el joven, cómo encarrilar una vida que se ha ido de control pero que puede reordenar, al menos en lo ideológico, gracias a llegar a revelar el pasado de ese ser que tal vez le recuerde a su padre.En el espacio diseñado por Alejandro Mateo se combinan muy bien el exterior y el interior que transitan los personajes y que se asemeja al de cada uno. Sus cuerpos y discursos no tienen la misma calidad expresiva cuando están afuera o adentro, ya sea en la calle, en el asilo o en el hospital. No solo miden sus palabras sino, además, la intención con que las elaboran.La dirección de Marcelo Moncarz en ese aspecto también expone una notable creatividad. Esos seres han sido moldeados con mucha sensibilidad, lo que posibilita que los intérpretes muestren sus personalidades en un duelo que, por momentos, atrapa con mucha fuerza a quien observa.Luis Campos logra aportar a Ramírez una personalidad que pasa del exabrupto más inesperado hasta la demanda menos esperada. Un niño impaciente, a veces, un monstruo cruel, otras. Sus tonos de voz, sus pausas, sus negativas y hasta su necesidad de afecto, parten de un cuerpo que continuamente está como descubriéndose.El joven que construye Mateo Chiarino es pequeño y grande a la vez. Comienza expresándose con cierta ingenuidad, pero va, momento a momento, convirtiéndose en un ser envalentonado que logra llegar al lugar más íntimo de un Ramírez que termina siendo muy diferente al que conocimos al comienzo.Resulta muy apasionante esta versión de una novela compleja, con personajes muy convulsionados internamente, que desafían la atención del público. Una historia, finalmente, entrañable.

Fuente: La Nación