El espacio ocupa unos 2.000 metros cuadrados y tiene un pasado singular. A comienzos del siglo XX funcionó como cochera de los carruajes de la familia Anchorena. Allí descansaban los elegantes landós, sulkys y tándems tirados por caballos pura sangre. Hoy, en lugar de relinchos, hay caballos de calesita, arañas de bronce, vírgenes centenarias, guerreros mongoles, motos italianas de los años 50, vitrinas antiguas, mascarones de proa y varios Maserati que transforman el salón de Nápoles en una escenografía fuera de lo común.Pasta fresca entre reliquiasUna suerte de almacén de época recibe con balanzas antiguas y cortadoras de fiambre. A pocos metros de la entrada, en una gran mesada de mármol, amasan frente al público algunas de las especialidades de la casa: sorrentinos maiale, ravioli neri, cappelletti, triángulos de calabaza y fettuccine al pepe forman parte de una carta inspirada en los sabores clásicos de la cocina italiana.¿Por qué Nápoles? “Por la ciudad de Nápoles”, responde sin rodeos Gabriel del Campo, anticuario y fundador del proyecto. Allí confluyen sus dos grandes pasiones: coleccionar objetos y agasajar a la gente a través de la comida.“Todo empezó cuando viajé a Nápoles para comprar antigüedades. Planeaba quedarme pocos días, pero fui postergando la vuelta. Me atrapó ese caos maravilloso que se vive en sus calles”, recuerda.Cuando regresó a Buenos Aires decidió recrear ese espíritu en el edificio de Avenida Caseros, a pasos del Museo Histórico Nacional. La zona, que en la última década se consolidó como un polo gastronómico y cultural, fue el escenario ideal para materializar su idea. “Aquí estoy en mi elemento”, dice Gabriel mientras señala el enorme salón. “El exceso de orden limita. En cambio, cuando hay estímulos por todos lados aparecen nuevas ideas. Esto está siempre en ebullición, como el Vesubio”.Originalmente compró el edificio para guardar y exhibir su colección de vehículos y antigüedades. Durante años acumuló objetos en distintos depósitos de San Telmo y San Fernando, hasta reunir un inventario estimado en más de 17.000 piezas.“Compré este lugar hace unos veinte años. Me enamoré de la estructura: las columnas inglesas remachadas, los techos altísimos y las bovedillas de ladrillo. Era perfecto para mis autos. La gente se quedaba mirando desde la calle modelos como Alfa Romeo, Lancia, Maserati o Mercedes. Y nosotros almorzábamos en medio de todo eso. Era una escena bastante llamativa”, cuenta.Los sabores de la casaLa incorporación de la propuesta gastronómica llegó casi de manera natural. Los curiosos se detenían frente a las vidrieras atraídos por los autos y terminaban preguntando qué ocurría dentro de aquel espacio tan particular.Desde el comienzo, Gabriel imaginó un restaurante para todos, lejos de los códigos solemnes de la alta gastronomía. Esa búsqueda también se refleja en su público. En una misma mesa pueden coincidir turistas, familias, ejecutivos, artistas o trabajadores de la zona. Entre sus clientes célebres figuran los Rolling Stones, Genesis, Matt Damon y John Travolta, además de figuras del espectáculo y del deporte. El último futbolista que pasó por allí, cuenta Gabriel, fue Rodrigo De Paul.En el local de la calle Caseros suenan de fondo las voces de Rita Pavone y Ornella Vanoni, mientras los mozos se desplazan sorteando guerreros de terracota inspirados en los de Xi’an y esculturas monumentales.La carta ofrece una amplia variedad de pastas artesanales, entre ellas panzottis rellenos de muzzarella con crema de queso azul y provola, o ñoquis de rúcula salteados con hongos ahumados, tomate y panceta.También destacan las pizzas napolitanas, como la Burrata O Sole Mio, preparada con muzzarella, panceta ahumada, tomate y aceitunas. Para quienes prefieren pescados y mariscos, hay opciones como la pasta de mariscos, la ensalada de salmón o la merluza austral con salsa de queso.A la hora del postre, el tiramisú de la casa suele llevarse todos los elogios.Un coleccionista desde la infanciaAunque hoy está al frente de uno de los espacios más originales de Buenos Aires, Gabriel asegura que no proviene de una familia adinerada.“Empecé a trabajar muy joven repartiendo pan lactal. Mi pasión por coleccionar viene desde chico. Me encantaba guardar caracoles, piedras o trozos de madera que encontraba en la playa. Los objetos tienen vida propia y transmiten algo”, reflexiona.Parte de esa fascinación nació durante los años que vivió con su abuela italiana. “Ella guardaba todo. En los cajones aparecían fotos antiguas, invitaciones, manteles, cubiertos, servilletas bordadas y hasta los piolines con los que ataban las cajas de pizza. Creo que de ahí viene esta emoción por conservar cosas y darles una nueva vida”.También de aquellos recuerdos familiares surgió la propuesta gastronómica de Nápoles. “Me remite a otra época, cuando los domingos la pasta con estofado era una ceremonia familiar. Por eso nuestra cocina es simple, casera y sin sofisticaciones innecesarias. Queremos que la comida emocione”.Vale la pena recorrer el salón con calma. Entre vitrinas, esculturas, muebles y objetos insólitos aparecen hallazgos para todos los gustos.Porque en Nápoles no sólo se puede comer: prácticamente todo lo que se exhibe está a la venta. Es cierto que pocas personas saldrán del local manejando un Maserati clásico. Pero quizás sí con una lámpara antigua, una pieza de colección o alguna prenda vintage de Red Barón, la línea creada por Gabriel del Campo.Nápoles. Avenida Caseros 449, CABA. Todos los días, de 9.30 a medianoche.
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El restaurante más excéntrico de Buenos Aires: pastas caseras, autos de colección y miles de antigüedades bajo un mismo techo
Fuente: La Nación