“¿Qué hacen estas mujeres encerradas?”: la vida entre la oración por el mundo y el trabajo dentro de un monasterio de clausura

“Jamás nos sentimos encerradas”, dice María Gabriela desde el otro lado de la reja. Está sentada junto a María Fátima en el locutorio del Monasterio de la Visitación de Santa María, en Pilar, la sala donde las religiosas de clausura reciben a familiares y visitantes. La reja divide el ambiente. Ellas permanecen de un lado; quienes llegan desde afuera, del otro.María Fátima, actual madre superiora, imagina la pregunta que puede hacerse alguien que nunca estuvo allí: “¿Qué hacen estas mujeres encerradas acá adentro?”. La respuesta aparece a medida que LA NACION recorre las dos hectáreas del monasterio. En la sala de coro, varias religiosas rezan a libro abierto mientras una de ellas toca el órgano. En otro ambiente, una hermana ensaya con su salterio, un antiguo instrumento de cuerdas. En la cocina, varias trabajan alrededor de una mesa. Afuera están la huerta, los senderos, una gruta mariana y el cementerio de la comunidad.En el monasterio hoy viven 16 religiosas. Este es el único que la Orden de la Visitación tiene en la provincia de Buenos Aires. La comunidad mantiene un vínculo directo con las hermanas del monasterio de Río Cuarto, en Córdoba, que nació como una fundación de Pilar. “Es como un hijo nuestro”, dice María Fátima.Seis de las 16 religiosas que viven en Pilar están en formación, porque el convertirse en monja de clausura no ocurre simplemente al ingresar: es un proceso de años durante el cual tanto la aspirante como la comunidad a la que busca pertenecer disciernen si esa elección puede convertirse en definitiva.Las hermanas explican que las primeras etapas también se distinguen por su apariencia. Al comienzo todavía pueden llevar el pelo descubierto; después llegan distintas coberturas: el hábito y el velo blanco del noviciado. Siguen los votos temporales y, finalmente, la profesión solemne, cuando asumen de manera definitiva pobreza, castidad y obediencia, y reciben el velo negro.El mundo que llega hasta adentroEl día comienza alrededor de las 5.20. Primero tienen una hora de oración personal; después, los laudes —la oración de la mañana—, y luego la misa. “Sabemos que a esa hora mucha gente se está levantando para ir a trabajar. Tratamos de estar adelantadas para ir preparando el camino”, cuenta María Fátima.VIDEO COMPLETOVivir apartadas no significa, para ellas, desentenderse de lo que sucede afuera. María Gabriela compara a la Iglesia con un cuerpo: una parte desarrolla su misión de manera visible y otra permanece escondida. “La vida contemplativa sería como el corazón. No se ve, pero está bombeando”, explica. Si su tarea es rezar por el mundo, necesitan saber qué ocurre en él. Por eso, algunas siguen la actualidad y transmiten al resto los acontecimientos que consideran importantes. Leen medios, entre ellos, LA NACION y AICA, y en un pizarrón anotan países, conflictos, tragedias y pedidos que después incorporan a sus oraciones. “Nuestra oración es por el mundo”, dice María Gabriela. La clausura no significa que ninguna pueda salir: habitualmente permanecen dentro, pero una o dos hermanas se ocupan de las gestiones que requieren atravesar las puertas. Pueden ir al médico, hacer alguna compra que no pueda resolverse de otra manera o atender una situación familiar excepcional. A la vez, hacen pedidos al supermercado y al verdulero que llegan hasta el monasterio.La tecnología encontró su lugar con límites. Los celulares son compartidos y se utilizan para la administración y las comunicaciones necesarias, y generalmente los tiene la superiora. Hace alrededor de un año, las hermanas comenzaron a ofrecer los productos que elaboran mediante estados de WhatsApp y ahora abrieron un Instagram. Las religiosas preparan fotografías, textos y material histórico, y una colaboradora externa administra la cuenta. “No es que porque somos monjas tengamos que vivir como en 1600”, comenta María Fátima.Nada de eso reemplazó el trabajo manual. Cocinan, limpian, cosen, hacen mermeladas y rosarios y se ocupan de la huerta. Su principal fuente de sustento es la fabricación de hostias. Las planchas se cocinan durante horas, luego se humectan y se cortan al día siguiente. La demanda las llevó recientemente a comprar, con ventas y donaciones, una máquina nueva.Ese trabajo adquirió una dimensión inesperada ante la posibilidad de una visita del nuevo Papa a la Argentina. Las religiosas cuentan que recibieron un pedido de un millón de hostias vinculado con las celebraciones que podrían realizarse durante el viaje pontificio. Para una comunidad de 16 mujeres, el encargo modificó la escala habitual de producción y volvió todavía más necesaria la nueva máquina.¿Existe “El llamado”?La clausura fue, para cada una, una decisión personal. María Gabriela tenía 18 años, vivía en la Ciudad de Buenos Aires, estudiaba Odontología, tenía novio, amigos y una vida social activa. Después del primer año de carrera, pasó unos diez días en Pilar para discernir su vocación. “Me fui llorando. Yo decía: ‘No quiero ser monja de clausura, pero Dios me llama’”. Su familia inicialmente se resistió. Ella dejó la facultad ese mismo año -1985- e ingresó al monasterio.María Fátima llegó por otro camino. Creció en Tierra del Fuego, de adolescente se mudó a la capital, tuvo novio, salía a bailar y le gustaba ir a la cancha de San Lorenzo. A los 17, uno de sus hermanos, que había ingresado al seminario, la invitó a un retiro de cinco días en silencio. “Yo fumaba en ese momento. Decía: ¿qué hago acá?”. Hasta entonces no se consideraba muy religiosa; iba a misa de vez en cuando. Con el correr de las jornadas, cuenta, algo cambió: “Me enamoré de Jesús”.Tiempo después, en el santuario de la Virgen del Rosario de San Nicolás, vio a una religiosa que sonreía. “Yo pensé: esta monja es feliz”. Se lo comentó a su madre, y ella le preguntó: “¿Y vos no querés ser feliz?”. Esa noche llamó a un convento. Primero ingresó a una congregación de vida activa; después conoció la vida contemplativa. “Yo quería dar todo”, explica. Llegó a Pilar a los 18 años. Hoy tiene 49.La clausura no corta del todo el contacto con familiares y amigos: reciben visitas y mantienen el contacto por teléfono o videollamada. Renuncian, entre muchas otras cosas, a tener hijos. “No somos madres físicamente, pero tenemos una maternidad espiritual”, dice María Fátima.Desde afuera, reconocen, la clausura suele ser interpretada como encierro, aislamiento o renuncia forzada, una mirada con la que conviven y que también reaparece cuando alguna religiosa decide marcharse. María Gabriela y María Fátima cuentan que han escuchado relatos de mujeres que dejaron la vida religiosa y después hablaron de ella desde una experiencia distinta a la que tienen quienes permanecieron. No niegan que una vocación pueda terminar: durante la formación, explican, una mujer puede descubrir que ese camino no es para ella y la propia comunidad también puede aconsejarle que no continúe. Lo que rechazan es que una experiencia individual permita definir la vida de todas. Por eso vuelven sobre una distinción que consideran central: permanecer no debería ser una imposición. “Dios no llama a la infelicidad”, dice María Gabriela.La cantidad de religiosas revela cuánto cambió la comunidad. Cuando María Gabriela ingresó, en 1985, eran 35; hoy son 16. Durante cerca de dos décadas hubo mujeres que comenzaron el camino, pero ninguna incorporación terminó consolidándose. Ahora seis están en formación. Entre ellas hay una ingeniera agrónoma de 44 años que trabajó en el Senasa y que, según relatan, dejó su departamento, su auto y su carrera para ingresar. “Antes entrábamos muy jóvenes. Ahora vienen más grandes”, dice María Gabriela. Las hermanas relacionan parte de este nuevo movimiento con el acercamiento de jóvenes a la Iglesia durante el pontificado de Francisco, a través de encuentros y misiones.150 años de historia en la ArgentinaLa vida monacal que estas 16 mujeres continúan tiene una historia de 150 años en la Argentina. La Visitación fue fundada en 1610 por San Francisco de Sales —patrono de los periodistas— y Santa Juana Francisca de Chantal, en Annecy, Francia. Desde sus orígenes estuvo abierta a mujeres que, por edad, viudez o salud, no podían afrontar las austeridades físicas de otras órdenes.En la Argentina, el proyecto comenzó a gestarse en 1830, cuando el sacerdote español Pedro Antonio Pontegueda impulsó la llegada de la Visitación a Buenos Aires y dejó bienes para financiarla. Murió antes de concretarlo y el arzobispo Federico Aneiros continuó la iniciativa. Las primeras religiosas llegaron desde Montevideo en 1876. El próximo 8 de septiembre se cumplirán 150 años de la fundación de su primer monasterio en la Argentina. La comunidad fue desplazándose a medida que Buenos Aires crecía alrededor de ella. En 1882 se instaló en la calle Larrea, en Recoleta, y en 1913 se trasladó a Flores, a un predio que ocupaba casi toda una manzana, delimitada por Nazca, Páez, Terrada y Neuquén. Décadas después, la urbanización comenzó a dificultar el recogimiento. En 1982 llegaron a Pilar, a las dos hectáreas donadas por los Hermanos Maristas.Una parte de aquella historia quedó en Flores. En un panteón permanecen los restos de alrededor de 95 religiosas y este año comenzaron las exhumaciones para trasladarlos al cementerio de Pilar. El movimiento coincide con el aniversario de la llegada de la orden a la ArgentinaA las 16 del martes próximo, monseñor Michel Wallace Banach, nuncio apostólico —representante del Papa en el país—, presidirá la misa que abrirá el año jubilar en el Monasterio de la Visitación, Champagnat 1199, Pilar. Por su condición de representante pontificio, explican las religiosas, podrá ingresar al sector de clausura, normalmente reservado a la comunidad.

Fuente: La Nación