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Paula Echeverría, experta en RTT, sobre las etiquetas: “La identidad no tiene por qué ser una sentencia. Ayuda a anclarnos, pero a la vez puede ser una historia en construcción”
Hace muchos años, Sandra Mihanovich popularizó la frase “Soy lo que soy”, a través de su canción que fue un himno para la época. Y si bien hablaba de otro tema, viene a cuento de lo que ocurre con las definiciones sobre lo que creemos que somos y lo que eso fija y limita en nuestra mente y nuestro accionar. Desde chicos vamos construyendo una historia sobre quiénes somos a partir de lo que vivimos, de lo que nos dicen los demás y de las experiencias que nos marcaron. Esa historia nos ayuda a ordenar el mundo y a reconocernos, pero también puede convertirse en una jaula cuando dejamos de pensarla como un relato que cambia y empezamos a verla como una definición permanente, estática. No es extraño, por eso, que usemos ciertas características para presentarnos: “soy asmático”, “soy migrañoso”, “soy gordo”, “soy hipertenso”, “soy tartamudo”, “soy alcohólico”, “soy alérgico”, “soy ansioso”. En apariencia, estamos simplemente describiendo una condición. Sin embargo, hay una diferencia importante entre decir “tengo asma” y decir “soy asmático”. En el primer caso hablamos de algo que nos sucede; en el segundo, transformamos ese rasgo en una parte de nuestra identidad.Tiene 44 años, es argentina, dejó la administración de empresas por una pregunta existencial y hoy enseña a bailar el caos en el MBA de Di TellaDefiniciones necesarias El cerebro necesita construir cierta continuidad. Necesitamos sentir que seguimos siendo la misma persona aunque pase el tiempo. Para hacerlo, seleccionamos características, recuerdos y experiencias que encajen con la historia que contamos sobre nosotros mismos. El problema aparece cuando esa historia se vuelve demasiado rígida, y en especial cuando esa rigidez nos limita la posibilidad de cambio. El lenguaje tiene un papel central en ese proceso. No es lo mismo pensar “voy al baño cada dos días” que “soy constipado”; “tengo sobrepeso” que “soy gordo”; “atravieso una etapa de ansiedad” que “soy ansioso”. Las primeras formulaciones describen situaciones que pueden cambiar. Las segundas parecen definir una esencia y tanto es así que nos las creemos. Cuando una característica pasa a formar parte de nuestra identidad, también puede modificar nuestras expectativas. Si alguien piensa que “es sedentario”, probablemente evite oportunidades de hacer actividad física porque “el ejercicio no es para mí”. Si alguien piensa “soy asmático”, puede evitar determinadas actividades físicas por anticipar que no va a poder hacerlas. Si se define por una enfermedad o una dificultad, puede terminar incorporando a su comportamiento las limitaciones que asocia con esa etiqueta. Algo similar ocurre con las etiquetas que recibimos de otros. Un chico al que durante años le dicen que es distraído o tímido puede terminar incorporando esa descripción a su propia narrativa. No porque la etiqueta sea necesariamente falsa, sino porque repetida suficientes veces puede convertirse en una explicación anticipada de lo que hará, de lo que no hará y de lo que los demás esperan de él.Esto no significa negar la realidad ni pretender que todo depende de nuestra voluntad. Tener asma, migrañas, una determinada composición corporal o cualquier otra condición concreta puede implicar limitaciones reales y requerir tratamientos, cuidados y decisiones específicas. El punto es otro y es que una condición no necesariamente tiene que convertirse en la totalidad de una persona.Después de los 40: 9 hábitos que los expertos desearían que hicieras en la mediana edad para aumentar tu longevidadSer y hacer, gran diferenciaTambién en otros ámbitos hacemos esto. Decimos “soy periodista”, “soy emprendedor”, “soy malo para vender”, “soy una persona creativa”. Las profesiones y habilidades pueden formar parte de nuestra identidad, pero tampoco son inmutables. Cambiamos de trabajo, aprendemos, perdemos capacidades, desarrollamos otras y atravesamos etapas que muchas veces no se parecen entre sí.Tal vez una de las claves para vivir con mayor flexibilidad sea empezar a reemplazar algunas definiciones por descripciones. En lugar de preguntarnos “¿cómo soy?”, podemos preguntarnos “¿qué me está pasando?”, “¿qué hago habitualmente?”, “¿qué aprendí hasta ahora?” o “¿qué quiero modificar?”. Son preguntas menos cómodas porque no ofrecen una respuesta definitiva, pero justamente por eso dejan espacio para el cambio.La identidad no tiene por qué ser una sentencia. Ayuda a anclarnos, sí, pero a la vez puede ser una historia en construcción. Y reconocerlo no implica desconocer quiénes somos, sino aceptar que siempre hay una parte de nosotros que todavía no conocemos.Tal vez, por eso, sería bueno dejar de decir “soy esto” cada vez que encontramos una característica que nos describe y empezar a preguntarnos cuánto de esa característica pertenece realmente a nuestra esencia y cuánto es simplemente una fotografía de un momento de nuestra vida.La autora es experta en Terapia Transformacional Rápida (RTT)
Fuente: La Nación