General
Las claves de cómo Adrián Suar se convirtió en un emprendedor serial
Pelito, La banda del Golden Rocket, Poliladron, Verdad consecuencia, Vulnerables, Tratame bien, La noche del 10. La lista podría seguir. Adrián Suar lleva más de cuatro décadas construyendo algunos de los mayores éxitos de la televisión argentina, primero como actor y después también como productor y gerente de programación. Un emprendedor serial que creó Polka, estuvo detrás de ficciones que marcaron época y sobre todo un gran descubridor de talento. Si tuviera que resumir los resultados de todos esos años, él mismo ensaya una estadística: “Creo que fueron 30% fracasos y 70% éxitos”. Pero después de tantos años de estar acostumbrado a encontrar la fórmula, también hubo un momento en el que dejó de hacerlo. Suar habla sin demasiadas vueltas de los últimos años difíciles de la televisión abierta, del final de una etapa para Polka y de sus propios errores. “El barco hacía agua por todos lados”, reconoce. Hoy siente que algo cambió: asegura haberse “reenamorado” de la televisión y quiere volver a apostar por aquello que mejor conoce, la ficción. A los 58 años, lo explica con una comparación deportiva: “Ya me siento como Rafa Nadal en el retiro: quiero jugar mi último Grand Slam”. En esta nueva edición de Conversaciones, Suar recorre los grandes momentos de su carrera, pero también se detiene en lo que ocurrió cuando el éxito dejó de acompañarlo. Habla de la competencia, el ego, el talento y el costo de mantenerse vigente, de su relación con sus hijos, del presente del cine y el teatro, y de una Argentina sobre la que todavía tiene “un signo de pregunta”. Y revela un proyecto que quiere concretar antes de cerrar su recorrido profesional: crear una escuela de producción para transmitir lo que aprendió después de una vida entera haciendo televisión. -Adrián, tu tarjeta dice actor, director, productor, gerente de programación. Vas a Aduana, ¿y qué decís? -Siempre digo actor. Podría decir productor, pero digo actor cuando me preguntan. -Te llevo a los 13 años. Arrancaste con El papá de los domingos, con Guillermo Bredeston y Nora Cárpena. ¿Cómo llegás ahí? -Por un casting. Había ido a Canal 9, me tomaron una prueba. Hice ese programa y, la verdad, debuté muy bien. Mi ingreso al mundo del espectáculo y a la televisión fue de la mano de ellos. Muy cálido, muy lindo, muy familiar. -Y después explotás con Pelito… -A los seis meses, ocho meses, con Martín en Pelito, en el 13, en el año final del 82, más o menos. -Pero era otro contexto. La popularidad era mucho más fuerte cuando alguien explotaba en la tele. ¿Cambió eso? -Sí. Al no haber tanta competencia ni estar todo tan fragmentado, el espectador tenía muchas menos opciones. Veías cuatro canales o ibas al cine. Entonces todo explotaba mucho más. -¿Y lo tomabas como un juego en esa época o como un laburo? -Como un laburo, como siempre. Aunque también es un juego porque trabajar de actor es una profesión, es un trabajo, pero al mismo tiempo tiene algo de lúdico: interpretar, actuar. Ahora me río, ahora soy gracioso, ahora hago una escena más triste, interactúo con el otro. Nos miramos, termina una escena y nos podemos tentar, aunque haya sido dramática. -Sigue la carrera de actor, todavía no llegamos al productor. Más adelante aparece La banda del Golden Rocket. ¿Qué fue de la vida de ese auto? -El otro día una persona me dijo: “Yo tengo el auto de La banda”. Ya varios me lo dijeron. Se ve que se lo fueron comprando unos a otros. -¿Pero es real que alguien lo tiene? -Sí, es verdad. -¿Y tenés ganas de volver a hacer algo de eso? Por ejemplo, ahora Cris Morena volvió con Erreway y demás. ¿Te gustaría hacer algo así tantos años después? -A veces lo hablamos de modo lúdico: “¿Y qué tal si...?”. Pero no sé. No es que me vuelva loco por volver a hacer La banda del Golden Rocket. -¿Qué te genera esa época? -Mucha felicidad. Fue un momento muy importante de mi carrera como actor, un salto enorme de popularidad. Yo tendría 22, 23 años. Éramos un grupo enorme, con Diego Torres, Fabián Vena, Araceli González, Gloria Carrá, Marisa Mondino. Me trae mucha alegría. -¿Y se hicieron amigos en ese momento? -Sí, quedó mucho cariño. La verdad es que recuerdo La banda con una sonrisa. -¿La gente cuando te ve te trae todo el tiempo recuerdos de distintas épocas? -Sí. Me pasa con los programas en los que actué y también con muchos de los que produje. Porque, en proporción, produje mucho más de lo que actué. -Me decías que el 20% de tus producciones fueron fracasos y el 80%, más o menos, éxitos. -Voy a resetear eso: creo que fueron 30% fracasos y 70% éxitos. -Gustavo Yankelevich tiene una frase respecto de los éxitos: el puchero puede ser el mismo, los ingredientes son los mismos, pero no todos salen buenos, no todos son exitosos. ¿Qué definición tenés del éxito? -Coincido con lo que dice Gustavo. Yo a veces uso el ejemplo de una receta: querés hacer un bizcochuelo, tenés la manera de hacerlo, tenés los ingredientes, y a veces te sale alto y está buenísimo; otras veces se pincha. Hay algo de azar. A veces digo: “Esto está muy bien, tiene un porcentaje muy alto de ser un éxito”, y me doy cuenta. Pero la profesión es tan democrática que, cuando creés que lo tenés todo, te falta lo más difícil: el público. Podés pensar que tenés todo para que funcione y después no lo tenés. -Pasó mucho tiempo desde ese origen. Si hoy pudieras volver atrás y encontrarte con ese chico de 13 años, ¿le dirías que tendría que haber hecho algún cambio en su camino? -No. Obviamente cometí algunos errores, pero fueron parte del aprendizaje. Ese chico no podría creer el camino ni los logros. Si le dijera: “Vas a hacer todo esto”, no lo podría creer. De verdad diría: “No puede ser”. -¿Tenés gratitud con alguien, además de Bredeston? -Con Hugo Di Guglielmo, que me dio la posibilidad en Canal 13. Con toda la gente del canal, sus directivos, que siempre me trataron muy bien, demasiado bien. Y con los actores, porque ayudaron a enriquecer los personajes que les dimos junto con los autores. A veces enganchás a un buen actor y decís: “Esto estaba bien, pero él lo llevó a otro nivel”. Y ahí decís: “Gracias”. -Ya habías disparado tu popularidad con La banda del Golden Rocket. Llega 1994 y decidís tocar la puerta para convertirte en productor con algo muy disruptivo, Poliladron. Cambiaste la imagen de la televisión, hiciste una producción con tiros y demás. ¿Cómo fue pasar de actor a emprendedor? -Fue muy movilizante para mí, muy disruptivo. En realidad, yo siempre intenté ser productor. Desde La banda del Golden Rocket, incluso desde Pelito. Siempre lo digo: tenía una parte que quería estar adelante de cámara, pero también otra que quería estar atrás, hablando con los productores, con los directores, con los autores. Eso ya lo tenía. Después estuvo el impulso de la juventud, las ganas y tener una idea. Y también necesitás que alguien te abra la puerta. Porque podés tener muchas ideas, pero si no te dan el puntapié para arrancar, es muy difícil. -Pero ese puntapié también tenía, por un lado, una inversión bastante más grande que la del resto y, por otro, un salto en la imagen que fue el principio de una etapa. -Ese fue el upgrade, el salto. En ese sentido, siento que le saqué 2000 kilómetros al resto porque la imagen fue disruptiva. Y la gente que veía televisión lo aceptó, aunque podría haber pasado algo distinto porque no sabían bien qué era. Se parecía un poco más al cine. No teníamos la cuarta pared, los decorados eran reales. También estaban la edición, la música y, por supuesto, la suerte. -Muchas veces se habla del actor o del talento, que tiene una mirada creativa muy fuerte, pero después hay que bajarla al mundo de los negocios: que cierren los costos, que cierren los ingresos. ¿Cómo convivían esos dos hemisferios? -Al principio fue difícil para mí porque no vengo del palo financiero ni lo estudié. Lo fui aprendiendo, también a partir de los errores. Tenía gente al lado, tenía un socio que me ayudaba. Me habrá llevado siete u ocho años aprender bien esa parte. -¿Y Polka, en su momento, se inspiraba en alguien? Entre tus referentes mencionás a Romay, a quien respetabas, o a Alberto Migré, que te gustaba. ¿Cuáles fueron tus fuentes de inspiración? -Los ciclos que hacían ellos: Alberto Migré, Abel Santa Cruz, Hugo Moser y tantos otros. Uno se va nutriendo porque uno también es lo que ve. No cerrás los ojos y la inspiración viene de la nada. Seguramente como periodista te habrá pasado: tenés referentes y, aunque no te guste todo lo que hacen, decís: “Esto de él me gusta”. Lo vas mamando y después vas cocinando lo tuyo. Es muy difícil copiar. No es: “Quiero ser como Alberto Migré”. No me gusta eso. Es una manera de decir que algo te inspira para después reversionarlo. Y yo lo reversioné con mi naturaleza, con mi estilo. -Después de ese salto de imagen y calidad que fue Poliladron, otro salto fue Verdad consecuencia, cuando apostaste por actores muy consagrados, muchos provenientes del teatro, de esos que hacen la diferencia. ¿Cómo fue ese camino? -Fue una decisión mía porque forma parte de mi naturaleza como productor: mezclar lo popular con lo prestigioso. Siempre quise hacer eso a lo largo de mi carrera. Ese es el estilo que intenté construir. Hacer cosas prestigiosas y cosas populares, y tratar de que convivan. Muchas veces me salió y muchas otras no. Verdad consecuencia, Vulnerables, Tratame bien fueron ciclos muy buenos. -Vos solés decir que no querés hablar de fracasos para no estigmatizar a las personas que trabajaron en esos proyectos. Pero ¿cuál fue el mejor fracaso? Ese del que decís: “De esto saqué una lección”. -Tengo varios. Por ejemplo, hice una novela, Lobo, que me gustaba mucho y no funcionó bien. Yo pensaba que iba a funcionar. Pero tengo muchos. -¿Y con Primicias en el que te metiste en el mundo del periodismo? ¿No funcionó como querías? -No explotó, pero funcionó muy bien. -¿Qué te había llevado a contar esa historia? -A la hora de elegir, vos tenés un universo determinado: puede ser una gomería, un colectivo
Fuente: La Nación