Ante la crisis, resurge el concepto de alma

Investigadores como el biólogo Bruce Lipton, el médico Karl Pribram, los físicos Stuart Hameroff y Roger Penros y numerosos científicos de las más diversas especialidades vienen usando el concepto de alma para referirse a un campo vibracional que transporta información más allá de la evidencia física. Para artistas de casi todas las disciplinas, esa frecuencia energética es una presencia reconocida, si no en su obra, en la experiencia subjetiva y en el impulso de realizarla. Ante las transformaciones de todo tipo que estamos viviendo en el planeta, el “recuerdo” del alma reaparece naturalmente; hasta en personas agnósticas.Su revival acaso responda a que la mayoría de las instancias que hasta ayer nomás nos daban seguridad se están resquebrajando. En muchos campos, en especial en el de una tecnología que cada vez prescinde más de nosotros, lo esperable entró en un proceso de desintegración y no sabemos con qué lo reemplazaremos. O acaso las psicoterapias tradicionales para elaborar las problemáticas de la personalidad se han visto superadas por nuevas “emergencias espirituales” (Stan Grof) y quedado sin protocolos interpretativos ante la recepción de mensajes que provienen del propio ser. O del Ser. Acaso por default se nos establecieron conexiones más directas con una voz interna que susurra: “Hay algo más que cuanto podés ver, tocar, medir, comprobar; esto que estás percibiendo ahora en tu interior también es real”.Lo cierto es que los humanos, seres que nos distinguimos de las demás especies por tener “conciencia de nuestra conciencia”, hemos dejado de creer solo en el radio de lo que nos indica nuestra lógica racional y empezado a sintonizar frecuencias más sutiles. Se trata de una “reemergencia” que no pasa por ningún dogma o ideología, ni ningún monopolio de fe. Tanto es así que en muchos círculos ya se volvió muletilla decir “no somos un cuerpo que tiene un alma, sino al revés: somos la manifestación física, el cuerpo, de una frecuencia inmaterial cargada de intenciones, el alma”. Como sea, la mega crisis actual y los riesgos letales que se insinúan bajo diversos rostros del progreso tecnológico y las ambiciones geopolíticas, obligan a repensar el alma como algo real, más allá de lo religioso. La cuestión no pasa por si Dios existe o no, sino por cómo me relaciono con el hecho de estar aquí -en este cuerpo, en esta realidad- y, fundamentalmente, con la posibilidad de ser “más” que cuanto puedo dar cuenta de mí. Leandro Pinkler (1956), autor del reciente Al encuentro del alma (en tiempos de destrucción), editado por Kolapse/ El Hilo de Ariadna, no es un recién llegado al tema. Durante más de treinta años enseñó a desentrañar las tradiciones culturales griegas en la Universidad de Buenos Aires e investigó en el Conicet las interrelaciones entre diversas líneas filosóficas y espirituales: de Platón a Nietzsche, pasando por René Guenon, Gurjdieff, Ibn Arabí, Carl Jung, el argentino Francisco García Bazán y todos los aportes de místicos y pensadores que confluyen en la Sabiduría Perenne cruzaron el rigor de su abordaje científico. Esto le permite escribir -pensar, hablar, enseñar- con una propiedad que lo distingue. Da a cada palabra y concepto el significado más preciso desde la perspectiva etimológica hasta las connotaciones que fueron adoptando en las distintas corrientes de búsqueda espiritual. Como nada de lo que concierne al alma es medible ni controlable empíricamente, y él tiene un profundo respeto por lo que siente, los capítulos de su libro no están hilvanados a través de especulaciones ni abstracciones. No se trata de una síntesis, sino un filtrado vivencial: cada aspecto que desarrolla, y de los sistemas que componen y sus interrelaciones, parten de haber pasado toda la data recogida por la experiencia de su propia subjetividad. Por eso repite a quien lo lee o escucha que no haga del conocimiento una sabiduría. Pinkler, licenciado en Letras, sugiere tomar la resonancia que producen sus palabras como una vía para “recordar” lo que llevamos grabado en la memoria de origen. Salir momentáneamente del tipo de pensamiento que cada uno ha instalado en su sistema operativo y abrirse a informaciones que nos llegan (¿acaso del alma?) a través de nuestras frecuencias más personales. Ahí donde las doctrinas se nos han vuelto una interferencia (sonambulismo, lo llama él), abrir los ojos a lo que vibra en abstracto, sin palabras, sin imágenes, acaso como una presencia de un plano “extra” ordinario en éste, y permitirnos observarnos desde ahí. Desde ese estrato, una dimensión más poderosa que la que nos muestra nuestra individualidad empieza a permearnos. Buena parte de lo que consideramos nuestros parámetros internos, escribe, son construcciones de supervivencia levantadas por nuestro ego. Lo que considero mi “yo” es solo una faceta conocida de mi ser; hay muchísimas más, y se me irán mostrando...Pinkler diferencia no solo espíritu de alma, el yo del ser, sino también el trabajo sobre el ego del trabajo sobre sí y, fundamentalmente, distingue el sentido romántico que le atribuimos al corazón para entenderlo, en cambio, como un vórtice energético donde lo divino hace casa en lo humano. Desde esta perspectiva, el cuerpo oficiaría de antena. Las frecuencias, internas y del exterior, serían “procesadas” por las neuronas del corazón antes de ser “traducidas” por la mente. La puerta hacia al alma se abriría por el centro cardíaco. Por lo que sentimos.Sentir, pero no pensando en lo que sentimos; sentir sin ponerle pensamiento ni ningún rótulo ni interpretación, y mucho menos algún juicio, sería para Pinkler lo que convoca esa suerte de audacia intuitiva conocida como el “llamado” del alma.Nuestra conciencia no sintoniza con ella a través de la sintaxis verbal ni la deducción lógica. Solo por el reconocimiento de lo que nos llega a través de la percepción sensorial. El diálogo personal con esas señales que de tanto en tanto nos comunica el alma es lo que les da una verosimilitud incuestionable. Haber dejado confluir naturalmente sus conocimientos y estudios con la propia búsqueda confiere a la escritura de Pinkler un tono capaz de acercarse a lo que acaso cada uno escucha en sí mismo. Conduce a “memorias” grabadas entre las células en capas previas a la formación del lenguaje. Lo que Jung, uno de sus grandes referentes, entiende como arquetipos universales. Otro de los mayores encantos de Al encuentro del alma, al igual que de los cursos que Pinkler ofrece desde hace años en el Malba y en la fundación Vocación Humana, reside en que la información no está mediatizada por ningún dogma teológico ni tiene otra finalidad que “despertar” en cada uno la conexión con la esencia que nos constituye.En casi todos los capítulos, señala las perversidades que adoptó como normalidad el siglo XXI y el clima de irrealidad en que nos han metido la tecnología y la IA, con la consecuencia de mantenernos dormidos. Otra de las distinciones que sugiere su libro, entre líneas y explícitamente, es entre liberalismo y libertad interior. Oírse a sí mismo no es sinónimo de vale todo.Acaso por eso, no se trata de un texto que se deja leer de corrido. Cada tanto pide una pausa, no por denso o complicado, sino para detenerse en los ecos que producen sus conceptos. En especial por el lugar de sinceridad absoluta desde donde fue escrito, el libro invita al lector a reactualizar sus propias creencias desde lo que se genera sensorialmente. Más que sorprendernos por su novedad, al leerlo nos parece estar recordando algo que habíamos olvidado.Como bonus track, el libro incluye una traducción de “El Himno de la Perla”, tesoro del pensamiento gnóstico del siglo III y diapasón para afinarnos en cualquier momento con la nota de nuestra respectiva alma.Kreimer es autor de El artista como buscador espiritual y Para qué pasamos por la Tierra (Ed. La Llave, Barcelona)

Fuente: La Nación