Economía de la longevidad: cómo reducir la “zona roja” y llegar a una “segunda revolución senior”

¿Cuál sería la sensación de una persona si, de manera inesperada, le dijeran que podría disponer de dos horas más por día para destinar a lo que más le guste hacer? ¿O de un día extra por semana, gratis, para descansar, leer, ver películas o estar con sus seres queridos? O, mejor aún, un mes adicional al año, para viajar, aprender algo nuevo o simplemente relajarse.Es probable que la reacción a cualquiera de estas propuestas sea un “sí” rotundo y entusiasta. Sin embargo, cuando la misma pregunta se plantea en el equivalente de “diez años más de vida”, las sensaciones suelen ser más ambiguas y contradictorias. Es común escuchar que se prefiere “llegar bien a los 80” antes que “mal a los 90” o a los 100 años.Esa reacción no sería caprichosa, sino que tiene sustento en la realidad. En su best seller “El imperativo de la longevidad”, el economista Andrew Scott describe una “zona roja” de deterioro marcado, físico y cognitivo, que afecta a la mayoría de quienes extienden su existencia más allá de la expectativa promedio de vida (que hoy en la Argentina ronda los setenta y largos). No ocurre con todos: los avances en ciencias de la vida hacen que cada vez más gente llegue en buen estado a edades muy avanzadas. Para la Argentina, en promedio, la expectativa de vida saludable es de casi diez años menos, cuenta a LA NACION el especialista en longevidad Andrés Zapata, director médico del laboratorio Haleon para el Cono Sur. Esos diez años son la extensión de la “zona roja” a reducir en la terminología de Scott.Pero, señala Scott en su libro, como sociedad todavía queda pendiente una “segunda revolución de la longevidad”. La primera fue lograr, en el último siglo, avances médicos sin precedentes para extender la vida promedio. Lo que falta es mejorar radicalmente las condiciones de esa etapa final, la década extra mencionada al inicio. Como en todo sistema complejo, la vida suele seguir una trayectoria que avanza lentamente hasta que, de golpe, todo se precipita.Ese deterioro resulta hoy tremendamente costoso a nivel individual, familiar y sanitario. El problema puede resumirse en que la ciencia fue muy eficaz para demorar la mortalidad (en las últimas dos semanas los avances anunciados en temas como cáncer, enfermedades cardiovasculares y personalización de tratamientos fueron increíbles), pero no tanto para reducir la fragilidad extrema asociada a esos años adicionales.El libro de Scott, publicado hace ya un par de años, ofrece un “enfoque de economista” sobre la longevidad, con tres líneas de análisis desde la caja de herramientas de su disciplina.La primera tiene como protagonista a uno de los héroes silenciosos y menos pensados de estos estudios: no fue un médico ni un demógrafo, sino un actuario nacido en Londres en el siglo XlX. Se llamaba Benjamin Gompertz, a quien Scott dedica tres páginas por sus hallazgos pioneros, en una época en la que casi nadie estudiaba estos temas. Vivió hasta los 86 años, pero perdió a su hijo Joseph a los 10, algo frecuente entonces; buscó refugio en las matemáticas y, como actuario jefe de la aseguradora Alliance, estudió las estadísticas de mortalidad para fijar el precio de las primas. Así llegó a lo que hoy se conoce como la “ley de Gompertz”: las probabilidades de morir se duplican cada siete u ocho años, un dato trivial a los 30 (pasan de 0,5% a 1%) pero mucho más relevante después de los 70. La ley no explica todo: hay un “misterio” demográfico por el cual esa probabilidad se ameseta pasados los 105 años (la explicación más habitual: quien llega a esa edad tiene un organismo particularmente resistente, aunque el punto sigue en debate).La segunda diagonal económica remite a lo poco razonable que resulta seguir pensando las trayectorias de vida con la vieja estructura de “estudio-trabajo a destajo hasta los 65 o 75 años-retiro”. Salvo en algunas profesiones especialmente desgastantes, ese esquema ya no tiene sentido social, empresarial, previsional ni de realización personal. Scott especula con “reseteos” o años (o meses) sabáticos a los 40, 50 o 60, para aprender algo nuevo o reorientar la carrera.Esas “pausas” son más difíciles de implementar que de enunciar, y más complejas todavía de financiar, tanto para los estados como para las empresas y los individuos. El interrogante que sobrevuela buena parte del libro es si, a nivel cultural y de statu quo económico, será posible hacer a tiempo el catch up con los cambios demográficos. Todo indica que no: se perfila (de hecho, ya ocurre) un desacople de velocidades, algo que también sucede con la inteligencia artificial y otras corrientes de cambio. Van más rápido de lo que podemos procesar. ”Estamos transitando esa transformación demográfica sin diseño, sin planificación y, muchas veces, sin comprender todavía la magnitud del cambio que implica”, cuenta a LA NACION el médico Marcelo Rohr, CEO de los centros Hirsch.La tercera diagonal de Scott es quizás la más interesante. El ensayo apenas roza la biología del envejecimiento, pero en el capítulo 4, “Una revolución en la salud”, se adentra brevemente en el tema, con un buen resumen para quienes quieren indagar en qué punto está la carrera por extender la vida saludable (allí se nota cierto atraso, porque tras la publicación del libro, en 2023, hubo numerosos avances nuevos).Scott hace referencia a los “sellos distintivos del envejecimiento” (hallmarks of aging), un marco conceptual de un paper de 2013 que identificaba nueve procesos y que en 2023 se actualizó a 13: acortamiento de los telómeros, senescencia celular, alteraciones epigenéticas y disfunción mitocondrial, entre otros, sellos habituales en los artículos sobre longevidad. La mayoría de las start-ups que atacan el envejecimiento como enfermedad —Altos Labs, entre otras— se concentra en estas “marcas”.Una de las mayores dificultades para resolver ese rompecabezas es que, como en todo sistema complejo, los nodos interactúan de infinitas formas, y lo que se modifica en un sello repercute en el resto. Las enfermedades neurodegenerativas, por ejemplo, presentan características casi únicas en cada paciente, y por eso es tan difícil abordarlas: no existe una solución “martillo” que sirva para todos los clavos (casos).Hay, sin embargo, una buena noticia, con un paralelismo evidente con la economía, también un proceso complejísimo: el economista Daniel Heymann definió alguna vez, con ironía, que la disciplina se dedica a “modelar algo tan sencillo como las interacciones de miles de millones de seres humanos con características y preferencias completamente distintas”. Aun así, la ciencia económica moderna aprendió que interviniendo sobre algunas variables clave (inflación, tasas de interés, oferta de dinero, política impositiva) se puede encarrilar en cierta medida ese derrotero. Y, como en la biología, existen dilemas de “manta corta”: lo que se mejora de un lado genera pérdidas en otro.Ese problema de equilibrios múltiples también podría usarse como enfoque para resolver —o amortiguar— algunos sellos del envejecimiento. Scott cita el estudio pionero de la bióloga molecular estadounidense Cynthia Kenyon, quien en 1993 descubrió que, alterando un solo gen (daf-2) en algunas especies animales, era posible duplicar su vida en buen estado de salud. “El hallazgo de Kenyon es de importancia crítica porque demuestra que el proceso de envejecimiento puede ser muy influido a través de algunas dinámicas clave, sin necesidad de manipular todo el sistema”, sostiene Scott.El libro no ofrece certezas definitivas, pero sí una hoja de ruta clara: la primera revolución de la longevidad ya sucedió y consistió en ganarle tiempo a la muerte. La segunda, pendiente, consiste en ganarle calidad de vida a ese tiempo extra. Mientras esa transición no se complete, la “zona roja” seguirá siendo el capítulo menos resuelto de la revolución más silenciosa del siglo.

Fuente: La Nación

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