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Paula Wolff, la hermana desconocida de Adolf Hitler y el diario íntimo que reveló su romance con uno de los peores criminales de Austria
“Su rápido ascenso en el mundo me preocupaba. Honestamente, debo confesar que hubiera preferido que siguiera su ambición original y se convirtiera en arquitecto. Le habría evitado muchas preocupaciones al mundo”, se lee en el informe que revisó y firmó, en julio de 1945, el agente especial del Cuerpo de Contraespionaje del Ejército de los Estados Unidos, Francis E. Martini. Se trata de un interrogatorio en donde la entrevistada era, para muchos, una mujer desconocida, intrigante. En él habló sobre su infancia, sobre su vida y anonimato durante el régimen nazi y, sobre todo, sobre la relación que mantuvo con su hermano, Adolf Hitler. Ella era, en ese entonces, Paula Wolff, como se hizo llamar por varios años para ocultar su verdadera identidad. Un vínculo estrechoPaula repasó, en entrevistas con los Aliados, una dinámica familiar disfuncional que, más tarde, varios historiadores interpretaron como clave en el desarrollo de su personalidad y la de su hermano: el vacío afectivo y la sombra de Alois Hitler, el padre.Alois nació bajo el apellido Schicklgruber. Cuando tenía 39 años quiso adoptar el apellido de su padrastro, Johann Georg Hiedler, pero el funcionario de la oficina del gobierno en Mistelbach lo inscribió como “Hitler”.Tuvo tres matrimonios y ocho hijos. Con su primera esposa, Anna Glassl, no tuvo descendencia. De su segundo matrimonio, con Franziska Matzelberger, nacieron Alois Hitler Jr. (1882–1955) y Angela Hitler (1883–1949). En su tercer matrimonio, con Klara Pölzl, su prima segunda, nacieron Gustav Hitler (1884–1887), Ida Hitler (1886–1888), Otto Hitler (1887, falleció a los pocos días de nacer), Adolf Hitler (1889–1945), Edmund Hitler (1894–1900) y Paula Hitler (1896–1960).Paula fue la única hermana de sangre de Adolf Hitler que sobrevivió hasta la edad adulta.Cuando Adolf nació, el 20 de abril de 1889, “Alois era un hombre bastante acomodado”, cuenta el historiador británico Ian Kershaw en el libro Hitler: la biografía definitiva. Y continúa: “No obstante, la vida familiar no era tan armoniosa y feliz. [...] Tenía mal genio y podía estallar de forma bastante imprevisible. En su hogar, Alois era un esposo autoritario, despótico y dominante, y un padre severo, distante, tiránico y a menudo irascible”.Por su parte, Klara era una madre afectuosa. Su médico de cabecera, el judío Edward Bloch, la describió como una mujer “alta, con el cabello castaño cuidadosamente trenzado, el rostro ovalado y los ojos grises azulados con una hermosa expresividad”. Ella sufrió sobremanera la muerte temprana de sus tres primeros hijos con Alois. Quizás por eso sentía una “devoción y un amor asfixiantes y protectores por los dos hijos que sobrevivieron, Adolf y Paula”. Ella, la más pequeña de la familia, contó en el interrogatorio: “Nací en la finca de mi padre en Hartberg, Austria, en 1896. Mi padre tenía 60 años en el momento de mi nacimiento. Murió cuando yo tenía seis. No sé nada sobre su familia. Mi hermano y yo pasábamos poco tiempo juntos: él era siete años mayor. Asistió a la Realschule en Estiria [la escuela secundaria] y solo pasaba sus vacaciones en casa. La muerte de mi madre dejó una profunda impresión en Adolf y en mí. Ambos estábamos muy apegados a ella. Nuestra madre murió en 1907 y Adolf nunca volvió a casa después de eso”.Más tarde Bloch agregó al respecto: “Aparentemente, el amor que sentía [Adolf] por su madre era su rasgo más llamativo. Aunque no era un ‘niño de mamá’ en el sentido que se suele dar a esta expresión, nunca he visto un vínculo más estrecho”. En su libro Mi lucha, él mismo destacó: “Había honrado a mi padre, pero amado a mi madre”. Paula explicó después de la guerra que su madre era “una persona muy dulce y tierna, el elemento compensatorio entre un padre casi demasiado duro y unos hijos muy vivaces que quizás fueran algo difíciles de educar”. Además, Kershaw la cita diciendo: “Si alguna vez había peleas o diferencias de opinión entre mis padres, siempre se debía a los hijos. Era sobre todo mi hermano Adolf quien desafiaba a mi padre hasta forzarlo a ser extremadamente severo y quien recibía cada día una buena paliza”. Paula y Adolf no tenían una relación estrecha, todo lo contrario. Siete años de diferencia era bastante: no eran compañeros de juego, no compartían casi nada. Él era particular: entre 1905 y 1907 llevó una vida “de parasitaria ociosidad”, dice Kershaw. Es decir, aunque debía terminar la escuela, la abandonó y volvió a vivir con su familia. Su papá había muerto en 1902, y su mamá lo mantenía. La tía Johanna y la pequeña Paula “estaban ahí para atender todas sus necesidades, para lavar la ropa, limpiar y cocinar para él”. “Durante el día pasaba el tiempo dibujando, pintando, leyendo o escribiendo ‘poesía’ y reservaba las noches para ir al teatro o a la ópera; y soñaba y fantaseaba a todas horas sobre el futuro que le esperaba como un gran artista. Se quedaba despierto hasta altas horas de la madrugada y se levantaba muy tarde por las mañanas. No tenía ningún objetivo concreto en perspectiva”, repasa el historiador.En 1907 a Klara le detectaron cáncer de mama. Paula tenía apenas 11 años, y Adolf, 18. “Después de que mi hermano terminó la escuela, se fue a Viena. Quería asistir a la Academia y convertirse en pintor, pero no funcionó. Mi madre estaba muy enferma en ese momento. Estaba muy apegada a Adolf y quería que se quedara en casa. Por eso se quedó. [Él] Dejó la casa después de su muerte en 1907. Nunca lo volví a ver desde 1908 hasta 1921. No tengo idea de qué hizo durante ese tiempo. Ni siquiera sabía si seguía vivo”, continuó contando.En Viena él rindió dos veces el examen para entrar a la Academia de Bellas Artes, pero en ambas ocasiones lo rechazaron. Mientras tanto, ella intentaba contactarlo, aunque no insistentemente: le escribió una carta en 1910 o 1911, no recordaba con exactitud cuándo, pero sí que él nunca le respondió. El joven Führer se distanciaba cada vez más de la familia y de sus sueños. Para Paula se convirtió, prácticamente, en un desconocido. Solo se vincularon por la herencia: tras la muerte de su madre, los dos quedaron bajo la tutela de una hermanastra, Angela, y su esposo. Se repartieron 2000 coronas que les había dejado Klara y recibieron una pensión por orfandad, que representaba cerca de 25 coronas mensuales cada uno. En 1911 Angela reclamó la totalidad de esa pensión para Paula, que vivía con ella, porque Adolf podía mantenerse solo vendiendo sus pinturas en Viena. Lo hizo: cedió lo que le correspondía en beneficio de su hermana menor. Pero no se veían nunca, no tenían trato. Se reencontraron brevemente después de muchos años. Era 1921, y al principio no lo reconoció. Pero la sorprendió: era “como si un hermano hubiera caído del cielo”, remarcó. Se había acostumbrado a estar sola, aseguró, pero le encantó ese breve tiempo al lado de Adolf, salir de compras con él. Igual, le recriminó: “Le dije que habría sido mucho más fácil para mí si hubiera tenido un hermano. Él dijo: ‘Yo no tenía nada para mí mismo. ¿Cómo podría haberte ayudado?’”. Después, no volvieron a verse con frecuencia. Una vez al año, no más. Él volvió a visitarla en 1922, y fueron juntos al cementerio, a las tumbas de sus padres. Más tarde, en 1923, fue ella quien viajó hasta Múnich. Entonces se gestaba el dictador: el 9 de noviembre de ese año, poco después del encuentro de los hermanos, Hitler irrumpió en un mitin político que se celebraba en la cervecería Bürgerbräukeller y empezó a vociferar sobre la “revolución social”. Era el líder del partido Nacionalsocialista, e intentaba encabezar el golpe de Estado conocido como “Putsch de Múnich”. El más estricto anonimatoPaula siempre sostuvo que le hubiera gustado tener una buena relación con el hermano, pero en aquella época parecía imposible. De hecho, el interrogador le hizo una observación: habían encontrado algunas cartas de Adolf dirigidas a ella, pero sumamente breves. Además, una exempleada del líder les había hablado de su falta absoluta del “sentido de la familia”. Paula reflexionó: “Hay algo en eso. Creo que lo heredó de nuestro padre, a quien tampoco le importaban nuestros parientes. [...] Yo sí tengo sentido de la familia. [...] Normalmente le escribía a mi hermano una carta de cumpleaños y luego él escribía una nota corta, y enviaba un paquete con jamón español, harina, azúcar o cosas así que le habían dado por su cumpleaños”. Eventualmente, Paula se mudó a Viena. Ella se ganaba la vida como secretaria en una compañía de seguros, mientras él escalaba en el partido y en el país. Pero en 1930, en su trabajo se enteraron de que era pariente de quien encabezaba el socialnacionalismo, y la echaron, aunque no estaba afiliada al NSDAP. Así que recurrió a su hermano, que le mandó plata mensualmente: 250 chelines (equivalentes a 67 dólares de esa época) antes de la anexión de Austria, y 500 marcos (201 dólares entonces) después. Un vínculo sobre todo de sustento. Hasta que un día de 1936, cuando ya era innegable ese ascenso que a Paula le preocupaba, según dijo después, él le sugirió (o le ordenó) que se cambiara el apellido: “Quería que viviera bajo el nombre de ‘Wolff’, y que mantuviera el más estricto anonimato. Desde entonces mantuve este nombre. Agregué el ‘sra.’ (frau) porque lo consideraba menos llamativo. También me ordenaron que mantuviera el anonimato cuando me mudaron de mi casa en Austria al Berchtesgadener Hof [un hotel que había sido popular entre la realeza y que los nazis compraron ese año y usaron para alojar a dignatarios que visitaban a Hitler]”.Parecía funcionar: “En 1940 fui a Berlín a ver a mi hermano. Nunca estuve bajo vigilancia del Sicherheitsdienst [la agencia de inteligencia y seguridad del Partido Nazi y de las SS], siempre podía moverme con libertad. La policía una vez fue a chequear a los huéspedes de hoteles cuando vivía en el hotel en Múnich durante la visita de Mussolini. Ni siquiera ellos sabían quién era ‘frau Wolff’”. “Hasta ese momento tenía un expediente limpio”Con los años se teorizó much
Fuente: La Nación