Makena cumple 20: la cantina que se convirtió en uno de los reductos rockeros más visitados por los músicos

“Veinte años no es nada”, canta Gardel en “Volver”. Pero el soplo que es la vida merece ser celebrado, más aún cuando se trata del nuevo aniversario de un ser querido. O de un lugar. Makena Cantina Club, al 1519 de la calle Fitz Roy, es uno de los puntos de encuentro con más mística en la ciudad de Buenos Aires, recientemente destacado por la Legislatura como Sitio de Interés Cultural. Hace ya una veintena de abriles que Fernando “Pitu” Russo, su esposa Valeria Faccini y su socio y amigo Matías Ramos le abren las puertas a todo el que quiera pasar un buen rato escuchando música en vivo, pidiéndose algo para comer y beber y compartiendo experiencias impredecibles con el resto de los presentes. Esta vez, la fiesta de cumpleaños no será allí mismo -como lo fue en las 19 ediciones anteriores- sino que, por una noche, la del jueves 10 de septiembre, Makena mudará su propuesta al complejo C Art Media de Chacarita (Av. Corrientes 6271), una sala con mayor capacidad para que nadie se quede afuera. Con cita a las 21, las entradas del evento pueden conseguirse a través de Passline. Para saber más sobre lo que se viene y rememorar lo que fueron estas dos décadas de música, LA NACIÓN conversó con Valeria Faccini.-¿Cómo empezó Makena?-Antes de Makena el lugar era una cantina, una cantina real donde se vendía comida. El papá de Mati, Juan Carlos, era el dueño de la cantina y Mati y Pitu, mi marido, son amigos desde hace muchos años. Como Pitu trabajaba en Quilmes y además era manager de bandas, un día Mati le propone armar algo de música en vivo en este lugar. Y bueno, arrancaron una noche que inauguró Willy Crook y a partir de ese momento Makena fue creciendo a lo largo de todos estos 20 años. Ediliciamente tuvimos que ampliar y ya son varias generaciones que vienen y comparten y se unen acá. View this post on Instagram -¡Qué inicio!-Sí, tranquila la inauguración (risas). De hecho, al toque Pipo Lernoud festejó su cumple acá. Ese día estaba [Fernando] Samalea, varios músicos, entre ellos Skay. Y bueno, se subieron a zapar, como siempre ocurre en las noches de Makena, que de repente estás viendo, escuchando, bailando y puede aparecer cualquiera. O sea, Joaquín Levinton se sube, se trepa y empieza a cantar en la zapada. Bueno, esa noche Skay se subió y te imaginás que para nosotros fue una emoción muy grande porque nuestro ídolo de toda la vida estaba tocando acá. Eso fue súper emocionante y a partir de ahí también hizo un show propio en Makena y bueno, así arrancó todo.-Difícil mantener esa vara, ¿no?-Sí. Lo que tiene Makena es que, como te dije antes, los artistas siempre acompañaron y siempre sintieron este lugar como un refugio. Entonces, muchas veces vienen a hacer su after después de los shows o noches que no tienen show, ya que abrimos de miércoles a domingo. Vienen para compartir con otros artistas y estar en comunidad. Y la verdad que el público los acepta bien, pueden convivir, es todo muy ameno. -Dijiste “refugio” y que lo sea depende tanto de que los músicos hagan propio el lugar como de un contexto particular. Un refugio remite a un sitio en el que estar bien, al resguardo del afuera. ¿Este presente conflictuado, digital, enaltece ese rol que le atribuyen a la cantina? -Sí, sobre todo en relación a la distancia, porque las redes acercan y también alejan. Entonces la presencialidad acá la verdad que es muy valiosa. Y bueno, a lo largo de todos los años, Makena se ganó el nombre de “templo” que se lo puso la gente. Como lugar que se construyó durante largos años, tiene el respeto, el sentido de comunidad y de pertenencia. Somos como una gran familia. Y bueno, los artistas fueron evolucionando según la evolución natural de Makena. Antes por ahí venía Chizzo [Nápoli, de La Renga] y se subía a zapar. Ahora quizás una noche viene Dillom y se sube y canta y comparte. Han venido Wos, Lali, artistas de la nueva escena y se encuentran con colegas de distintas generaciones. Hoy en día Makena es eso. -Es interesante eso, porque a veces hay una intención de una generación nueva de querer separarse de la anterior. Una cuestión casi natural, como uno se aleja de sus padres y que acá pareciera que eso no corre. -Bueno, justamente estábamos hablando de eso el otro día, que estaban los chicos de La Renga. El sábado pasado tocaron todos los hijos. Hicieron una zapada hermosa “los renguitos” [risas]. Y lo que hablábamos era eso, que en Makena podemos compartir los papás y los hijos y es una comunión perfecta, es una casa, una familia. -¿Y esa búsqueda de que haya una convivencia fraterna y familiar es algo que desde el principio se buscó o que fue surgiendo más naturalmente? -Se fue dando naturalmente, por suerte, la verdad que todo se fue dando naturalmente y después, como en toda evolución, sin perder la identidad, fuimos buscando que los más jóvenes se fueran acercando y que no sea un lugar que quede en el tiempo como esa nostalgia de gente más grande. Entonces fuimos adoptando público más joven, como que este siempre fue el semillero de bandas desde sus inicios, bandas que ahora tocan en el Movistar Arena o en venues más grandes. -De hecho tienen un ciclo que los trae acá de vuelta, ¿no?-Exactamente. El año pasado empezamos con el ciclo Ediciones Doradas, que es un ciclo hermoso para nosotros, muy emotivo, porque grandes bandas que empezaron en Makena volvieron a este escenario y se contactaron con su público de una forma más íntima. Y están los de ayer y los de hoy. -Debe ser muy particular para ellos subirse al mismo escenario. En el medio les cambió la vida. -Exactamente, el ciclo tiene toda la emoción, el recuerdo y tiene el presente. De hecho, de Ediciones Doradas salió nuestro primer disco en vivo con una selección de grandes artistas, que lo masterizó Álvaro Villagra. Y bueno, se viene en próximos volúmenes. -¿Qué reflexión les merece cumplir los 20 años, a la vez que fueron destacados en la Legislatura? ¿Qué sienten con ambos hechos ocurriendo simultáneamente? -El reconocimiento de Sitio de Interés Cultural para nosotros fue muy importante, porque es un reconocimiento, después de tantos años, a la cultura, a la música, a los artistas argentinos, a los emergentes y a los consagrados y también al público que siempre fue fiel y cada vez es más amplio, tanto que nos tuvimos que mudar para hacer el aniversario al Art Media, que lo elegimos porque queríamos que más gente disfrutara, porque todos los años se quedaba gente afuera. En todos tocan bandas y comparten artistas muy grandes. En el penúltimo tocaron Las Pastillas, Guasones, Catupecu Machu, todos amigos y gente de la casa. Culturalmente eso nos motivó también para, además de cumplir 20 años, hacer algo más grande, que más gente pueda disfrutar. Con el desafío de mantener la identidad del lugar, porque pese al cambio de generaciones, a que se sumó toda la escena más joven y siempre es el semillero, Makena tiene algo que es la identidad que nunca se perdió y que acá conviven generaciones reales. De repente podés ver un papá o una persona de 50, 60 años, bailando con un grupo de 18, o una despedida de soltera. Es muy amplio.Ocho años atrás y motivados por la repercusión de Makena, los dueños de la “Cantina Club” también abrieron Lucille, un espacio con otra fisonomía pero también con el acento puesto en el rock y la música en vivo. “Lucille es más elegante, tiene otro formato, el escenario está abajo, tiene una parte de bar, una de teatro, pasan cosas en la terraza, es como una sala mucho más interesante y van otro tipo de artistas”, repasa Valeria. -Es lo que le da valor a que convivan ambos... -Totalmente, conviven, y de hecho pasa mucho que de Lucille vuelven a Makena, de Makena van a Lucille; es acá a la vuelta, literal, sobre Gorriti. A veces lo llamamos la procesión o la peregrinación, que los artistas que terminan de tocar o quienes fueron a verlos en uno de los dos lugares van a hacer el after al otro.

Fuente: La Nación