General
Malena Guinzburg: los límites del humor, la autoexigencia y cómo se vive en la comedia
Malena Guinzburg hizo del humor una forma de mirar el mundo, pero también de mirarse a sí misma. Sus citas fallidas, la ansiedad, la terapia, el paso del tiempo, los vínculos, el trabajo y hasta sus mascotas pueden convertirse en historias para contar. Porque para ella, en la comedia, “todo es material”. Aunque algo cambió con los años: si antes podía ser implacable consigo misma con tal de conseguir una risa, hoy busca hacer humor desde un lugar más amoroso. Comediante, actriz y guionista, lleva cinco años sobre el escenario con Las chicas de la culpa, pasó por teatros de la Argentina y Europa y se animó a interpretar personajes alejados de sí misma. Sin embargo, cada vez que un proyecto llega a su fin reaparece el mismo vértigo: “¿Y ahora qué hago?”. En esta nueva edición de Conversaciones, habló del detrás de escena de la comedia, los límites del humor, la autoexigencia, el miedo a quedarse sin trabajo, el amor, la familia y esa necesidad que atraviesa casi todo lo que hace, encontrar algo de qué reírse, incluso cuando la realidad no ayuda demasiado. -Hacés mucho humor en primera persona, ¿no? -Sí. En general, cuando hago stand up o con Las chicas de la culpa, siempre escribo sobre mí. De hecho, mi unipersonal, que ahora no lo estoy haciendo, se llama Querido diario, y más personal que eso no hay. Era mi diario de la adolescencia. También, con Connie Ballarini hacíamos un podcast que se llamaba Correo no deseado, que eran nuestras cartas de amor. Sí, soy muy de usar lo que me pasa. De hecho, ayer estaba con una amiga que está tinderando a full, tiene citas, y le digo: “Ay, tenés mucho más material que yo ahora”, porque estoy en pareja hace cinco años. Estoy feliz y todo, pero tenía mucho más material antes, cuando tenía historias desastrosas. -Es clave eso que acabás de decir para todos los que hacemos algo creativo. Yo escribo, por ejemplo, y digo: “Soy un embole desde que estoy enamorada y feliz”. -Para hacer humor, el amor me parece que no es gracioso. Es más gracioso tener citas fallidas, encontrarte con aparatos por la vida. Ahora estoy más feliz, tal vez con menos material. -¿Pero la creatividad se vio afectada? -Puede volver desde otro lado también. Para mí es más fácil cuando me pasan cosas. Por ejemplo, aprendí a manejar de grande, a los 35. Me daba pánico, pero pánico de verdad. En ese momento no existía Instagram, estaban Facebook y Twitter, y me acuerdo de que escribía sobre la “P” de principiante, que tenés que llevar durante seis meses. En Facebook escribía Historias de una P al volante. A mí me servía, aunque estuviera pasando un momento horrible porque se me quedaba el auto o por lo que fuera, saber que después lo iba a escribir en Facebook a la noche y lo iba a convertir en humor. Me encantaba. Era como: “Bueno, por lo menos va a valer la pena”. -¿Y te servís solo de anécdotas propias o también de tu grupo de amigos y amigas? -Con las chicas todo el tiempo nos nutrimos de todo lo que sea. -Contanos un poco cómo es eso en Las chicas de la culpa. -Con Connie, Fer y yo hacemos humor de lo que nos pasa. A veces nos nutrimos de noticias también: se descubrió tal cosa y la usamos. Pero, obviamente, todo lo nuestro, todo lo que nos pasa, es material. Creo que para todos los que hacemos humor, lo que nos pasa es material. De hecho, a veces decimos: “No, no, no me lo cuentes en el camarín. Lo hablamos después”, porque es material. Todo es material. -Ellas son amigas y compañeras de trabajo, básicamente. Pero, fuera de ellas, ¿también recogés material de tus relaciones y vínculos personales? -Sí. Creo que, sobre todo cuando estás escribiendo, estás ávido de material, de cosas. También me pasa que empiezo a pensar: “Bueno, a ver, ¿qué me está dando vueltas en este momento? ¿Cuáles son los temas de los que hablo con mis amigas?”. Y ahí empiezo a estar mucho más atenta. Igual, la paso re mal en el momento creativo, cuando tengo que escribir un monólogo. Siempre la paso mal. Siento que no se me va a ocurrir nada, que ya dije todo lo gracioso que tenía para decir. Siempre lo hablo en terapia. -Y cuando sale algo de ese proceso creativo, cuando tenés un primer borrador, ¿quién es el primer juez? ¿A quién se lo das? -Trato de mostrárselo a amigos comediantes porque me parece que entienden el proceso. Si se lo mostrás a alguien que no lo entiende, tal vez no entiende lo borrador que hay ahí. Entonces Fernando Sanjiao, Pablito Fábregas, mis compañeras de Las chicas de la culpa... puedo ir por ahí. También se lo puedo dar a Adrián, mi novio, para que lo lea. Le he dado cosas, aunque tal vez no tanto de stand up sino de otro tipo. -Y esa gente a la que le mostrás ese primer borrador que ya saben cómo sos vos haciendo stand up, ¿qué te devuelven? ¿Te marcan cosas? ¿Sos receptiva? -Sí. Cuando uno muestra algo es para eso. A veces es: “Che, a ver si se te ocurre un remate mejor para este chiste”. Fer Sanjiao, por ejemplo, fue mi profe de stand up y a veces se lo mando casi como un coacheo: “Che, ayudame”, porque suelo estar muy desesperada. Yo también necesito, en algún momento, poner una fecha y decir: “Bueno, tengo que estrenarlo”, porque si no nunca siento que está bien y que ya está. Después también pasa algo con el stand up y con el humor: se va puliendo en el escenario, porque ves qué funciona y qué no. -A ver, contanos, porque es medio fascinante para los que no conocemos ese proceso. ¿Vos te sentás y escribís palabra por palabra o partís de una idea? -Al principio, cuando empecé, anotaba palabra por palabra y no cambiaba ni una coma. Después, no. Con mi monólogo Querido diario había algo que me ordenaba mucho porque leía un poquito del diario y de ahí partía. Tenía siempre un disparador. Pero después tal vez se te ocurre algo en el momento y lo vas agregando, y eso queda. También te aburrís de algunas partes que funcionaban y, de pronto, perdieron la magia. O intentás recuperarlas o decís: “Bueno, ya está. No lo hago más”. Uno también va cambiando. Hay cosas que te van aburriendo y otras que van apareciendo. Entonces el monólogo está recontra vivo. Yo no soy de agregar tanto. Pablito Fábregas, por ejemplo, tal vez agrega 15 minutos en cada función. Yo no tanto, pero si ves el primer monólogo y el último, no son iguales. -¿Y volvés a tu casa pensando: “Che, hoy salió esto”? -Cuando hay algo, sí, tratás de acordarte porque tal vez pasó en el momento y después decís: “Ay, no lo quiero perder”. A veces lo perdés. -¿Andás con un cuadernito, con notas de voz? -No, notas de voz no tanto porque después me da fiaca escucharlas. Notas escritas sí. Y cuando estoy pensando en que tengo que escribir material nuevo voy muy atenta a eso. Se me ocurre algo y lo anoto. Después lo ves y tal vez no hay nada, pero en el momento puede parecer una genialidad. -¿Hubo materiales que generaste en algún momento y desestimaste porque dijiste “esto no va ni para atrás ni para adelante”, pero años después les encontraste una vuelta y los recuperaste? -A veces sí. Tenés cosas que podés recuperar y, a veces, al contrario, cosas que decís: “Esto ya no me pertenece”. No es que no me pertenezca, pero no lo siento hoy. Chistes que tal vez hoy son políticamente incorrectos y que hacía hace un tiempo, hoy no los haría. -Me sorprendés. Pensé que no ibas a tener límites con el humor. -Yo siempre, cuando me preguntan por el límite del humor, digo que para mí el límite es que el chiste sea bueno. Ese es básicamente el único límite, porque creo que se puede joder con cualquier cosa. Pero si el chiste es bueno, va a estar bien. Hay cosas que tal vez ya no me interpelan, me hacen ruido o son polémicas. También, cuando empecé, era muy de darme con un caño a mí misma. Era muy de autoflagelarme para hacer humor. Pero era casi como hacerme bullying a mí misma. Hoy trato de ser más amorosa. Para mí está buenísimo reírse de uno y soy la primera que se va a reír de mí. Soy de blanquear todo lo que me pasa. Me divierte joder con eso. Soy muy espontánea y auténtica con lo que me pasa. He grabado historias con el celular y después me dicen: “Se te veía algo verde en el diente”, y no la borro. Me encanta que haya pasado, me río de eso. Pero siento que al principio me hacía más bullying y ahora trato de ser un poquito más copada conmigo. Me puedo seguir riendo de mí, pero no de la misma manera. Tal vez desde un lugar un poco más amoroso. Parece que la terapia hizo algo. -¿Y también sumó tener a alguien muy amoroso en tu vida? -Sí, creo que todo suma. La edad también. Ir creciendo y diciendo: “Che, es hora de quererme un poco más”. Son muchas cosas que hacen que sea más cuidadosa. -Decías que no hay límite mientras el chiste sea bueno. Cuando dijiste eso pensé en Ricky Gervais, que puede decir cualquier cosa sobre cualquier tema. ¿De quiénes te reís vos hoy? ¿Qué humor consumís? -En general, mis compañeras de Las chicas de la culpa me hacen reír. También los que trabajaban conmigo antes. Pablo Fábregas, Sanjiao... Hay un montón de comediantes acá que son realmente muy buenos. Me sentiría mal nombrando porque son muchos, por eso nombro a los que tengo más cerca. Después, Ricky Gervais. Todo lo que hace lo voy a mirar. -¿Estás viendo la de los gatos? -Sí. Con esa me pasa que no me río tanto. Hay como una sonrisa, me gusta. Pero él logra también enternecerte. Como en After Life. No sé si te reís a carcajadas; por momentos sí, tiene situaciones muy graciosas, pero también hay una cosa de angustia, de drama por momentos, que es un montón. -Sí. En la misma persona conviven el sarcasmo, la ironía y una ternura inusitada. Es bastante increíble eso que logra. -Sí. A mí me gustaba mucho, por ejemplo, Louis C.K., que después fue cancelado. Lo último que había visto no me gustó tanto, pero también me gustaba cuando hacía la sitcom Louie, que me encantaba. Fleabag en su momento me partió la cabeza. Me gustó mucho. Lena Dunham, con Girls, también me parece muy capa. -Pero consumís humor. -Sí, trato. Sobre todo cuando me recomiendan algo. La de los gatos callejeros de Ricky G
Fuente: La Nación