La ruta al revés, hacia “la Meca”: por qué cada vez más figuras del fútbol europeo eligen jugar en Brasil

Al grito de “Ah, Salamaleicoooo”, versión aportuguesada de As-Salamu Alaikum, tradicional frase de saludo en árabe, un nutrido grupo de hinchas de Botafogo sorprendía a los viajantes desavisados que pretendían abandonar el aeropuerto Galeão, en Río de Janeiro. Algunos turistas, inclusive, grababan a los torcedores que aumentaron su cancionero con “Uhh, se les complicooó, porque Ziyech apareciooó”. Por fin, cerca de las 20 horas del último martes, Hakim Ziyech, de 33 años, nacido en Dronten, Países Bajos, pero internacional con Marruecos, se presentó, con bufanda y bandera albinegra, ante los cientos de fanáticos que hicieron lo posible, entre saltos y empujones, para sacarse una selfie o al menos tocar al ex-Ajax y Chelsea, entre otros. Protagonista del Mundial de Qatar en 2022 con los Leones del Atlas, que terminaron en cuarta posición, Ziyech rescindió su contrato con Wydad Casablanca tras llegar a un acuerdo verbal con Botafogo, con quien firmó hasta 2028. “Estoy muy entusiasmado, es mi primera vez acá. Siempre tuve este deseo en mi lista y ahora se hizo realidad. No sé mucho sobre Río de Janeiro, pero sé que es el país número uno, la meca del fútbol”, dijo el atacante zurdo entre el humo de las bengalas y los banderones. “El fútbol acá es una forma de vivir, no es solo un deporte. Es algo que quiero experimentar, me lo debo”, agregó. Ziyech firmando en BotafogoCatorce años atrás, por esa misma puerta salió Clarence Seedorf, también para presentarse como refuerzo de Botafogo. Aquel día hubo más de 1.500 torcedores del club de la Estrella Solitaria para recibir al holandés. “Desde chico siempre soñé con jugar en Brasil y ahora lo estoy cumpliendo”, dijo en julio de 2012 el ex-Real Madrid y Milan, entre otros, que durante su estadía en Río de Janeiro disputó 81 partidos oficiales y anotó 24 goles con el Fogão. Sin embargo, la llegada del nacido en Surinam, que en aquel momento tenía 36 años, tuvo apariencia de acontecimiento; un cuatro veces campeón de Champions League, todavía competitivo, cambiaba un poderoso Milan por un equipo brasileño no tan expresivo en aquel entonces. No era apenas una contratación de impacto, era toda una rareza.La llegada de Ziyech, a pesar de su carácter sorpresivo y de la expectativa que genera, ya no podría catalogarse como de extraña naturaleza para el fútbol brasileño. Es que el marroquí definitivamente no se sentirá “sapo de otro pozo” en el Brasileirão. Memphis Depay juega en Corinthians, con status de estrella. El danés Martin Braithwaite eligió Gremio después de una exitosa carrera que incluye a Barcelona, de España. El congoleño Yannick Bolasie cambió el fútbol británico por Criciúma (hoy está en Chapecoense). El francés Dimitri Payet, internacional con Les Bleus, vistió durante dos temporadas, con altibajos, la camiseta de Vasco da Gama. El inglés Jessie Lingard juega con Depay en el Timão. El croata Filip Krovinovic, con pasado en Benfica y en la Premier League, desembarcó recientemente en Porto Alegre para vestir la camiseta de Gremio. En una liga que, una vez más, batió récord de extranjeros en esta temporada 2026, con 167 futbolistas nacidos fuera de Brasil (contra los 157 de la temporada 2023), los argentinos continúan dominando con 48 jugadores; seguidos por Uruguay, con 31, Colombia (27), Paraguay (13) y Ecuador (10). Hasta ahí, bastante lógico. Sin embargo, el número de profesionales llegados desde Europa y África viene en aumento, con 29 exponentes en la actualidad; 18 europeos y 11 africanos. Entre los europeos, los portugueses cuentan siete, por delante de los italianos y españoles, con tres representantes cada uno. Holandeses, franceses, ingleses, marroquíes, congoleños, croatas, guineanos y ghaneses… y esto sigue. El mercado parece más abierto que nunca y los equipos que disputan el competitivo Brasileirão echan mano de los recursos alcanzables sin discriminar por regiones. Existe, sí, un patrón que separa a los latinoamericanos de los europeos que llegan a Brasil: los primeros, suelen ser adquiridos en su juventud, muchos con carácter de “apuestas”. Los que vienen del Viejo Continente, en general, llegan con experiencia y rodaje. Eso no significa que estén “de vuelta” ni mucho menos.La explicación inmediata está en el dinero; eso está claro y sería ingenuo ignorar ese factor. El crecimiento de los ingresos de los principales clubes, la transformación de varias instituciones en SAFs (sociedades anónimas de fútbol), la llegada de inversores y la depreciación relativa de determinados mercados europeos aumentaron considerablemente la capacidad brasileña para competir por futbolistas que antes estaban fuera de su alcance, que ni siquiera entraban en el radar de los grandes -mucho menos de los pequeños. El país que durante décadas necesitó desprenderse rápidamente de sus mejores talentos ahora puede pagar para retener algunos… y también para importar.Ese dinero, sin dudas, explica por qué el Brasileirão hoy puede contratarlos, pero no necesariamente demuestra por qué deciden venir. “A medida que más jugadores brasileños se van al exterior, Brasil comenzó a desempeñar un papel fuerte de comprador. Durante la última década, la demanda para sustituir a esos jugadores que se van aumentó significativamente”, explicó Roger Machado, exentrenador de San Pablo e Internacional, entre otros clubes de la Serie A. “Jugadores de Sudamérica, América Central y hasta de Europa o África son cada vez más elegidos por los clubes locales. Es un cambio natural impulsado por oferta y demanda, de acuerdo a las tendencias mundiales”, agregó el DT que actualmente está sin club. Pero hay más. Una cosa es entender por qué los clubes brasileños comenzaron a mirar hacia geografías antes poco exploradas, como lo explicó Machado. Suena lógico. Otra, bastante diferente, es explicar por qué futbolistas acostumbrados durante prácticamente toda su carrera al confort de los campeonatos de élite europeos aceptan cruzar el Atlántico en el sentido inverso. Y ahí el dinero, aunque importante, se queda corto como respuesta a todo.Hay un componente generacional, incluso sentimental (hasta espiritual) que se repite entre los motivos que esgrimen varios de los que hacen la ruta al revés. Los extranjeros que hoy llegan a Brasil, como decíamos antes, suelen tener alrededor de 30 años; es decir, crecieron durante una de las épocas de mayor influencia global del fútbol brasileño. Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, Kaká, Roberto Carlos, Cafú o Adriano no eran para ellos figuras lejanas que caían de paracaídas desde algún punto remoto de Sudamérica; eran algunas de las grandes estrellas de los clubes europeos que miraban cada fin de semana, probablemente sus ídolos. Brasil fue campeón del mundo en Estados Unidos, en 1994, y en Corea - Japón, en 2002, y disputó tres finales consecutivas. Mucho antes de conocer el Brasileirão, ya conocían -tal vez amaban- el fútbol brasileño.El discurso de Ziyech al pisar Río de Janeiro, de hecho, tuvo un antecedente que hace cierto ruido como para ignorarlo. Cuando Memphis Depay sorprendió al mundo del fútbol al aceptar la propuesta de Corinthians, en septiembre de 2024, también utilizó una palabra que ahora eligió el marroquí: “Meca”. “¿De dónde viene el fútbol auténtico? Para mí, Brasil es la Meca del fútbol”, explicó el neerlandés poco antes de su presentación en la Neo Química Arena, casa del Timão. Tenía 30 años y venía de jugar en PSV, Manchester United, Lyon, Barcelona y Atlético de Madrid. “Muchos van a seguirme”, se animó a pronosticar entonces. No se equivocó. Aquella frase suena bastante menos osada ahora, en esta segunda mitad de 2026; Martin Braithwaite, que llegó un par de meses antes que Depay, puede dar fe. El delantero danés llegó a Porto Alegre con 33 años después de pasar por Toulouse, Middlesbrough, Leganés, Barcelona y Espanyol, entre otros. Cuando le preguntaron por qué había elegido Gremio, desempolvó recuerdos de infancia. Su padre era un enamorado del fútbol brasileño, Ronaldo era uno de sus ídolos y todavía conservaba en la memoria aquel espectacular enfrentamiento entre Brasil y Dinamarca (3 a 2 para los sudamericanos) de los cuartos de final del Mundial de Francia, en 1998. “Para mí, Brasil siempre fue el país del fútbol. En mi cabeza eso no tiene discusión”, contó al llegar. No se trataba de una escala profesional, sino de una experiencia que quería permitirse vivir. El caso del carismático Yannick Bolasie es todavía más curioso. Nació en Francia, creció en Inglaterra, representó internacionalmente a la República Democrática del Congo y construyó buena parte de su carrera en el fútbol británico. Sin embargo, cuando sus recuerdos vuelven al pupitre escolar, piensa en Brasil. Como comentó en más de una ocasión, mientras sus compañeros elegían Inglaterra o Francia para imaginar situaciones de juego, él prefería ponerse la verde amarela. Por eso, cuando en 2024 recibió una propuesta desde el modesto Criciúma, club que actualmente milita en la Serie B y representa a una ciudad de poco más de 200.000 habitantes en Santa Catarina, no dudó. “¿Por qué no?”, contó que se preguntó cuando le llegó esa oportunidad. Otro continente, otra cultura, otro idioma y una liga que nunca había disputado, de la cual no tenía referencias precisas. Allí, justamente, radicaba el atractivo, en el desafío de lo que estaba por vivir mezclado con sus recuerdos de infancia.El desafío, la experiencia, la curiosidad y una deuda a saldar aparecen como denominadores comunes, con matices, entre las declaraciones de estos jugadores que atravesaron el Atlántico para probarse en Brasil. La mayoría de ellos, ya sin mucho que probar para otros, solo para sí. Palabras poco habituales en un mercado acostumbrado a explicar transferencias casi exclusivamente a partir de salarios, contratos y derechos económicos.Hay, además, un dato que ayuda a entender el momento en el que se toman esas decisiones. Depay llegó con 30 años; Krovinovic, también. Ziyech y Braithwaite, ya con 33. Bolasie tenía 34; Payet, 3

Fuente: La Nación Deportes