Los otros tesoros mayas

Entre los sitios arqueológicos más visitados del mundo están Machu Picchu, las pirámides de Egipto, el Coliseo romano y Chichén Itzá, en México. Sin embargo, a unos 400 km en línea recta de Chichén Itzá hay otra antigua ciudad-Estado maya de dimensiones considerablemente mayores, donde vivió una población más numerosa y cuyo templo más alto duplica la altura del famoso “Castillo” (la pirámide de Kukulkán). Se trata de Tikal, en la selva guatemalteca.La comparación de superficies exige una aclaración: la zona arqueológica de Chichén Itzá ocupa varios cientos de hectáreas, mientras que el Parque Nacional Tikal abarca 57.600 hectáreas e incluye una vasta extensión selvática. En su apogeo, Tikal pudo albergar cerca de cien mil personas; para Chichén Itzá se estiman alrededor de 50.000. Otra diferencia, nada menor, es que Chichén Itzá recibe más de dos millones de turistas por año, mientras que a Tikal llegan varios cientos de miles.¿Cuál es la razón por la que Chichén Itzá figura entre los sitios arqueológicos más visitados del mundo? Probablemente porque, a diferencia de Tikal, que está en plena selva, el acceso es más fácil y queda cerca del gran centro turístico de la Riviera Maya y de los promocionados estados de Quintana Roo y Yucatán. Tikal guarda entonces el misterio de aquello que aún está por descubrirse, pero −alerta spoiler− llegar ya no es tan complicado.Durante más de 3.000 años, desde alrededor del 2000 a.C. hasta la conquista de Nojpetén, el último reino maya independiente, en 1697, una extensa región de Mesoamérica fue tierra maya. No era un imperio bajo un único rey o emperador: ciudades-Estado de distinto tamaño e importancia, como Calakmul, Copán, Palenque, Uaxactún, Yaxhá, Topoxté, Nakum, Dos Pilas, Aguateca, Caracol, Ceibal y Tikal, tenían cada una su propio gobernante. Se extendían por territorios que hoy forman parte de México, El Salvador, Honduras, Belice y Guatemala; tejían alianzas estratégicas, concertaban matrimonios dinásticos y también se enfrentaban en feroces batallas.Las dos grandes potencias del período Clásico, entre aproximadamente 250 y 900 d.C., eran Calakmul, en México, y Tikal, en Guatemala. Entre ambas se encontraba Caracol, en el territorio de la actual Belice, que pasó de la órbita de Tikal a una alianza con la dinastía Kaan, asociada a Calakmul, y ocupó un lugar clave en la historia. Aunque están a unos 75 kilómetros en línea recta, Caracol y Tikal se encuentran a alrededor de 195 kilómetros por carretera y pueden visitarse en un mismo viaje. Tikal está en la Reserva de la Biosfera Maya, en medio de la selva tropical del departamento de Petén, al norte de Guatemala; Caracol, en el distrito de Cayo, en el oeste de Belice, también en plena selva. Recorrerlas es sumergirse en un capítulo fundamental de la historia.El prolongado enfrentamiento entre Calakmul y Tikal suele compararse con una guerra entre superpotencias. En 562 d.C., Caracol, gobernada por Yajaw Te’ K’inich II y aliada con la dinastía Kaan, derrotó a Tikal. El soberano Kaan de aquel momento es conocido como Testigo Celestial (Sky Witness). El ataque quedó registrado en el Altar 21 de Caracol mediante el glifo que los epigrafistas denominan “Guerra Estelar” (Star War). La derrota puso fin a la hegemonía de Tikal durante más de un siglo; el destino de su rey, Wak Chan K’awiil, no se conoce con certeza.¿Alguna relación con George Lucas, su gloriosa saga de Star Wars y Luke Skywalker? La coincidencia es tentadora, aunque no hay pruebas de una relación directa.Luego de la derrota y de unos 130 años sin nuevos monumentos fechados en el centro de Tikal, el rey Jasaw Chan K’awiil I restableció la potencia de la ciudad y, en 695 d.C., derrotó a Calakmul. A su época se deben varios de los grandes templos que pueden recorrerse durante la visita.Una de las mejores maneras de conocer el Parque Nacional Tikal es alojarse en la zona: dentro del parque, donde hay camping y hoteles; en la ciudad de Flores (a 65 kilómetros); o en alguno de los alojamientos situados a orillas del lago Petén Itzá. Uno de ellos es La Lancha, propiedad del célebre director estadounidense Francis Ford Coppola y su familia. Allí nos fue a buscar Milton López, un guía que tiene el plus de ser hijo de quien fue durante treinta años uno de los guardaparques. “Venía después del colegio; para mí, el parque es como el patio de mi casa”, nos dijo. Hasta lo picó una serpiente venenosa por andar fuera de los senderos habilitados.De camino, paramos en la aldea El Caoba, donde está la Tienda Sayda. Además de artesanías guatemaltecas que pueden ser adictivas −sobre todo los textiles−, hay una gran maqueta y paneles explicativos sobre el sitio arqueológico.La maqueta muestra una gran ciudad con el centro ceremonial, el área residencial y la periferia urbana: calles, templos, palacios, edificios para la población, depósitos de agua, plazas y canchas de juego de pelota, distribuidos en unos 60 km². Antes de que le preguntáramos a Milton cómo íbamos a recorrer todo eso en una mañana, nos aclaró que solo alrededor del 15% de las estructuras está excavado y restaurado. La maqueta fue hecha con base en el mapeo digital Lidar, un escaneo láser aéreo que permite detectar construcciones bajo la vegetación. Lo poco que está desenterrado necesita nuevos desmalezamientos cada tres meses porque, si no, la selva vuelve a engullirlo.Si bien la primera visita documentada a Tikal data de 1848 y se atribuye al gobernador de Petén, Ambrosio Tut, y al corregidor Modesto Méndez, los habitantes indígenas de la región conocían su existencia desde mucho antes. Los itzaes actuales son herederos de la civilización maya prehispánica. Fotos antiguas junto a la maqueta muestran a los “chicleros” que trabajaban para compañías norteamericanas como Wrigley y Adams. A ellos se atribuye el hallazgo o el registro, entre 1890 y 1930, de otros sitios como Nakum, Ceibal, Topoxté, Uaxactún, Aguateca, Yaxhá y Dos Pilas, que también pueden visitarse.Antes de que existieran los polímeros sintéticos, el chicle se hacía con la savia del chicozapote (Manilkara zapota), un árbol nativo muy abundante en la selva que rodea Tikal. Los chicleros se internaban, machete en mano, para hacer incisiones en zigzag en la corteza y recolectar la resina gomosa. Luego la cocinaban, la compactaban en bloques y la vendían a compañías como Adams y Wrigley. Es muy probable que, trepados a los árboles, vieran las crestas de templos y otras construcciones parcialmente cubiertas por la vegetación.Entre 1920 y 1940, durante el pico de la “fiebre del chicle”, esta impenetrable selva tropical fue el lugar donde los chicleros vivían en campamentos precarios. La mejor época para la recolección era la temporada de lluvias, cuando la resina fluía mejor por la corteza. Los chicleros, además de correr el riesgo de sufrir caídas y picaduras de serpientes e insectos, trabajaban colgados de los árboles bajo tormentas eléctricas y lluvias torrenciales, y trasladaban en mulas los bloques de resina. Los empresarios norteamericanos llegaron a construir pistas para aviones de carga. Todo este movimiento provocó, entre otros males, la tala de maderas preciosas, especialmente caoba y cedro.De nuevo en la ruta, Milton nos cuenta que el Parque Nacional Tikal ocupa 575 km² de selva y fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1979. Para llegar a las ruinas, hay que recorrer senderos donde es posible cruzarse con monos aulladores, tucanes, coatíes y algún jaguar −recientemente se hizo viral un video de uno atacando a un coatí prácticamente entre las piernas de una turista−. A los pocos metros del ingreso, Milton señala una gran ceiba, el árbol nacional de Guatemala, que puede alcanzar los 60 metros. Más adelante nos muestra el famoso chicozapote, caobas jóvenes de treinta años y el árbol ramón, cuyas semillas fueron alimento de los mayas.Camino al corazón de las ruinas, Milton explica que Tikal estuvo habitada durante más de 1.500 años, desde el siglo VI a.C. hasta el siglo X d.C. El nombre Tikal es moderno y suele derivarse de ti ak’al, “junto al pozo de agua”; las inscripciones identifican a la ciudad antigua como Yax Mutul. Llegamos a la Gran Plaza, una gran explanada enmarcada por dos templos enfrentados: el Templo I o del Gran Jaguar y el Templo II o de las Máscaras. En los otros dos lados se encuentran la Acrópolis Norte y la Acrópolis Central. El Templo I, de 47 metros de altura, fue construido hacia el 740 d.C. y alberga la tumba del rey Jasaw Chan K’awiil I, responsable del resurgimiento de Tikal. Se llama así porque en un dintel aparece el rey sentado sobre un trono de jaguar. El conjunto también conmemora la victoria de Tikal sobre Calakmul. El Templo II es del mismo período, algo más bajo, y fue dedicado a la esposa del rey.No está permitido escalar el Templo I, emblema del parque, pero sí acceder al Templo II por unas escalinatas de madera que llegan hasta una plataforma con vista panorámica de la plaza.En diez minutos más de caminata, se llega al Templo IV o Templo de la Serpiente Bicéfala, de unos 70 metros de altura: es el más alto de Tikal y uno de los más altos del mundo maya (el “Castillo” de Chichén Itzá mide alrededor de 30 metros). Los valientes pueden acceder a la plataforma mediante escaleras externas de madera, una prueba de resistencia a la que se suman el calor y la humedad de la selva, pero el esfuerzo vale la pena. Desde allí se contempla una postal impresionante de selva tropical interrumpida por las crestas del Templo I, el Templo II y otras construcciones que tienen más de mil años. Quienes hacen el tour del alba caminan de noche por el parque y llegan a este sector para ver la salida del sol.Este paisaje fascinó no solo a Coppola −que eligió la región para instalar uno de sus hoteles−, sino también a George Lucas, que lo usó como set de filmación para La guerra de las galaxias: Episodio IV – Una nueva esperanza. La semejanza entre el nombre Sky Witness y el apellido Skywalker resulta sugestiva, pero no hay evi

Fuente: La Nación