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Rosendo Grobocopatel: “Se puede construir una cultura de poder distinta”
Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Torcuato Di Tella en agosto de 2016, Rosendo Grobocopatel ya era entonces integrante del equipo de comunicación y discurso institucional del gobierno de Mauricio Macri. Tiempo después, hubo incluso una foto circulando en redes que lo mostraba llevando en andas al entonces presidente en el último día de su mandato. Pero, aun visto desde sus jóvenes 32 años, eso para él es historia antigua y mucha agua pasó ya por el puente. Marcado por un apellido que en la Argentina remite al campo –su padre, Gustavo, es uno de los mayores productores de soja de América del Sur– el tema agropecuario también le interesa, aunque él eligió cultivar otro territorio: el de la conversación pública. En 2023 fundó la agencia Constelaciones, dedicada a la comunicación y posicionamiento de marcas y, en un rol más vocacional, conduce desde varios años Cartografías, programa que puede verse en YouTube donde entrevista a políticos, empresarios, historiadores y otros perfiles que dan cuenta del curso sociopolítico argentino. En continuidad con sus experiencias como comunicador, Rosendo amplió el espectro e incursionó en la escritura, más precisamente en el género ensayístico: hoy trabaja en los últimos ajustes de su primer libro, titulado Cartografías, tal como su ciclo de entrevistas. En el temario de esas páginas manda la heterogeneidad: el mercado, el nacionalismo, el fútbol 5 y hasta Charly García funcionan allí a modo de fotogramas que buscan abordar “el ser argentino”. En tiempos de una desconfianza atomizada, él se declara utopista y cree que, así como ese descreimiento generalizado puede revertirse, el capitalismo y la democracia, aun perfectibles, siguen siendo la mejor opción a la vista. Cuando se le pregunta por su temprana entrada en la política, elige contar una anécdota. “En el año 98 –yo tenía cuatro años de edad– me llevaron a la Feria del Libro, y una mujer que hacía entrevistas para la tele me puso el micrófono: “¿Y vos qué querés ser cuando seas grande?”, me preguntó. “Presidente”, le dije. No mucho después, cuando empecé a leer, me gustó especialmente el personaje de Facundo Quiroga, al que llegué por una colección editorial que se llamaba Para principiantes. Me gustaba su figura: era un baqueano, un tipo capaz de juntar 400 paisanos y formar una milicia, una tropa dirigida a acciones heroicas. Lo veía como alguien con una especie de superpoder criollo". -Un personaje controvertido…“El Tigre de los llanos”… sí, en la tradición liberal argentina es muy controvertido. Pero me da pie para decirte que fui criado en una familia no gorila: no me crié con esa tendencia para nada. Lo que me fascinaba del personaje de Facundo era esa raigambre popular, que en cierto modo marca una influencia en mis intereses, una combinación de lo popular y del pensamiento liberal al mismo tiempo. Mis viejos sí influyeron mucho en mi mirada política, pero no en lo partidario, sino en el compromiso con lo público, con los intereses comunitarios: como veían que me gustaba, me metieron a cooperar en las escuelas, en la comisión de arbolado público de Carlos Casares, el pueblo en que pasé la infancia y la adolescencia. -Retomando, ¿cuál fue entonces tu primera experiencia en lo partidario? -Aunque muy fugazmente, lo primero fue la campaña de Francisco De Narváez, en 2009. Tenía 16 años, quería participar, no tenía muy claro cómo, pero era la época de la 125: había un fervor kirchnerista total y en contrapartida un clima asfixiante que a mí me movilizó. Pero duré poco, estuve tres meses. La verdadera entrada en la política fue con el PRO, donde estuve once años.-¿Y eso cómo empezó?-Conocí a Marcos Peña en 2012, ahí ya tenía 18 años. Empecé a laburar con él como voluntario mientras estudiaba Ciencias Políticas en la Di Tella. Muy rápidamente, como le pasó a tanta gente que llegó al PRO, la función pública me fue acercando a la gesta con otros y me puse a laburar en el equipo de campaña. -Y una vez que Macri llegó a la presidencia, ¿cuál fue tu tarea? -Empecé como secretario privado de Marcos. Con el tiempo, fui cambiando las funciones, pero siempre desde el mismo lugar. En la práctica, fueron cuatro años todos los días, de siete de la mañana a nueve de la noche al lado suyo, era como si viviéramos juntos. De repente estábamos en Tucumán, de repente en Salta, de pronto volvíamos, salíamos a Nueva York. Pero después de un tiempo ya quería hacer otras cosas y pude ir entrando en otros temas. De ser un secretario clásico pasé a tener otros roles: estar a cargo de su comunicación, de la correspondencia, de pedidos de Macri; a organizar una parte de la comunicación, a participar de la campaña por la reelección de Macri 2019 en redes sociales. -Después trabajaste algún tiempo con Juntos por el Cambio de cara a 2023, ¿cierto?-Bueno, cuando nosotros salimos del gobierno de Macri yo quería armar un medio digital, porque pensé que una de las cosas que nos había fallado era la agenda cultural en sentido amplio, o sea, la conversación social. Fundé un medio que todavía existe: Esto es Tabú. Por esa época me llama Fernando de Andreis y me dice “che, hace falta alguien que lleve las redes”. Y terminé liderando ese equipo de comunicación del PRO y de lo que después fue Juntos por el Cambio. Para mí fue una responsabilidad hermosa, pero se fue dando todo en un contexto de mucha tensión interna muy insoportable, un gasto energético infinito, mucha mezquindad. Y yo era muy joven… Pero me acuerdo perfectamente de que a fines de 2022 les dije que me quería ir. Sentía que no había forma de que eso saliera bien.-Y salió mal…-Sí, no solo fue desgastante la interna entre Patricia y Horacio: para mí eso fue solo una parte del problema. Creo que había una incomprensión en muchos de los actores de qué cosa era Juntos por el Cambio. O al menos, de lo que yo creía que era. -¿Y por qué suponés que perdieron? -Creo que hubo un mal diagnóstico. Para mí ninguno de los tres entendía, a pesar de ser actores centrales -sobre todo Horacio y Patricia- de qué había sido el gobierno. ¿Cómo puede ser que un equipo que estaba parado en el mejor lugar para hacer algo grande la chingue así? De todos modos, hoy ese recuerdo me parece lejanísimo y no tiene nada que ver con lo que ahora imagino a futuro. Ojo: yo me enamoré en el PRO, aprendí políticamente, me formé políticamente, hice todo lo que hace un militante y construí buena parte de mis ideas con Marcos, que me influyó muchísimo. Juntos por el Cambio dejó un montón de cosas buenas; gente que aprendió que se puede gobernar. No sé si hay conciencia en el sistema, en el círculo rojo, en el sector político en general, de los cambios fenomenales que están ocurriendo-Dijiste en una entrevista con Carlos Pagni que la vanidad o el ego en política están subestimados como fenómenos.-Creo que hay algo así como “si no me valoran, entonces choquemos esto, así se van a dar cuenta de lo necesario que soy”. Me parece algo humano. ¿Quién no opera así? La verdad es que todos. Y especialmente cuando llevás el punto al extremo, al nivel de presión contra tu personalidad. Si tenés que resolver una inundación con 1500 evacuados, si tenés un desastre… al político se le suman varios condimentos extra que lo llevan con más fuerza a eso.-¿Dirías que en esos casos la voluntad personal está por delante del bien colectivo?-No tengo ninguna duda. Más los conozco, más me convenzo de lo mismo.-¿Hay espacio para pensar que se puede hacer algo aun en ese contexto? -Claro. Eso es la política. -¿Te interesa puntualmente el poder de la gestión, volver a participar de un gobierno?-Sí. A todos los que quieren jugar dentro del sistema les interesa. Yo sigo pensando que quiero transformar la realidad. Puede que sea medio iluso en creer que se puede construir un poder alternativo, una cultura de poder distinta. Para mí, eso es lo que está en tensión hoy, no solo en Argentina sino en el mundo: este sistema ¿sirve? ¿Sirve este modelo de acumulación?-¿Y qué opinas? ¿Sirve o no?-Creo que no. Pero tampoco pretendo borrar milenios de conocimiento humano: la democracia tambalea casi en todo Occidente, y aun así sigue siendo democracia. -¿La era tecnológica que estamos viendo emerger, esa nueva forma de poder tecnocrático, puede convivir con la democracia? -Sí, perfectamente. Las instituciones tienen que adaptarse: por diseño, son lentas, pero pueden. Yo soy politólogo, a mí me gusta el Estado, me gustan las instituciones que encontramos como civilización para poder convivir. Pero la vida cambió a tal velocidad que esas instituciones tienen que preguntarse cómo dialogan con una época mucho más violenta, más volátil, de mucha más desconfianza en las autoridades y que cree más en personalidades. No solo Peter Thiel, también Patri Friedman [nieto de Milton Friedman], Balaji Srinivasan o Elon Musk, te gusten o no, dicen que esto tiene que cambiar. Yo creo que dentro de un siglo la humanidad va a leer a un autor de hoy como nosotros leímos a Locke, Hobbes o Montesquieu. Ideas tan nuevas como fueron en su momento el liberalismo moderno, el individuo, la vida privada y la vida pública… Ese es el ejercicio que tenemos por delante: ¿cómo le escribimos cosas a la época? No llorarla. -¿Las ideas que impulsan personajes como Thiel te parecen compatibles con la democracia?-No. La de ellos es una respuesta autoritaria, en su forma occidental, a la pregunta de qué pasa con las instituciones. Otro tipo de respuesta autoritaria sería la de Bukele, y hay distintas variantes similares en los países de la región. -Con respecto a las tecnologías de comunicación actuales, ¿creés que deberían tener más regulación? -Yo sería más agresivo en la regulación. Y eso implica confrontar, sí, pero siempre vas a tener que confrontar. Si yo quiero poner acá en la esquina un tacho de basura tengo que confrontar con los vecinos: cualquier acción demanda confrontación.-Pero en la hipótesis anterior tendrías que confrontar con gigantes.-Un país vecino lo hizo: en Brasil, la Cort
Fuente: La Nación