River se desahogó en el Monumental, pero para sonreír en la Bombonera necesitará mejores dientes

“El domingo cueste lo que cueste, ¡el domingo tenemos que ganar!”, atrona el Monumental en esos segundos que siguen al final de un triunfo mínimo ante Racing, muy apretado de argumentos, raquítico en jerarquía ante un rival que solo pudo presentar la grandeza en su escudo. Así están las cosas para este River escaso de felicidad en estos tiempos: de pronto, jugar contra Boca y de visitante pasó a tener una importancia vital antes de ponerle la nota definitiva a un año decididamente malo, en el que no cumplió ninguna de las ambiciosas metas que se trazó en enero. Y entonces, si la inminencia del superclásico siempre insufla el espíritu de los hinchas, esta vez el duelo llegará con un filo doble: este equipo todavía tímido da un salto que lo catapulte a mejorar la calificación o agrega una herida a un cuerpo demasiado surcado en estos años. Era un partido para darle continuidad a todo lo bueno que River había encadenado ante Belgrano una semana atrás. El mejor rendimiento del año, auspiciado por sociedades de ataque y coronado por un contundente 3-0 en el Kempes, parecía un prólogo inmejorable. Con un rival golpeado enfrente, además, que como toda expectativa había llevado al Monumental la esperanza de no ser cacheteado y que el año se le terminara de una buena vez. Pero el fútbol se distingue por la capacidad de asimilar vuelcos inesperados. Porque Racing salió dispuesto a pelear cada pelota con fiereza, ante la llamativa pasividad de los locales. Como si éstos esperaran que el peso específico decantara la noche sin que fuera necesario transpirar. Este juego se compone de muchas aristas: la concentración y la entrega siempre deben encabezar ese ranking.La Academia mezclaba la veteranía de Kranevitter en el eje con dos defensores centrales que no acreditan ni un semestre en la primera. Pero ni Mateo Martínez (18 años) ni Gonzalo Escudero (19) se intimidaron con el marco imponente ni con el pedigrí de los campeones del mundo que porta River en estos tiempos. Jugaron ellos, y también sus compañeros, decididos a plantarse sin mirar los presupuestos ni las medallas. Y en buena parte del primer tiempo se impusieron, aunque sea levemente, en eso que suele llamarse dominio del partido. La izquierda del ataque era un suelo fértil para Ignacio Rodríguez -elogiable su determinación- y Tomás Conechny, que tuvo la ocasión más clara para su equipo tras un error de Otamendimen la salida; Santiago Beltrán, que no dio seguridad en general, salvó a su equipo con un manotazo.Pese a haber orillado el gol de entrada con un tiro de Montiel que sacó Cambeses, River no fluía. No tenía juego ni fuego. Faltaban pases, asociaciones, vigor. Nada ilustraba mejor esa apatía que Thiago Almada, de quien más esperan los hinchas. Al volante le costaba encontrar la pelota y, cuando tomaba contacto, decidía mal, la perdía, no se imponía en los duelos. Una prestación llamativamente baja. Solo el peso de su apellido lo mantuvo en la cancha cuando Ponzio activó la rueda de los cambios, ya en el segundo tiempo. Merecía ser el primero en salir. Fue el último, cuando se jugaba el descuento y el estadio esperaba el final para gritar contra Boca.Pero si River suele necesitar la generación de cinco situaciones de gol para aprovechar una, esta vez la regla cambió. En la primera buena jugada de ataque que hilvanó, Lautaro Rivero terminó gritando su gol, justo en la noche que volvía al equipo -por el suspendido Martínez Quarta- tras dos meses sin sumar minutos. Su cabezazo coronó un toqueteo por izquierda del que participaron Ortega y Almada y al que Correa le dio jerarquía con una asistencia medida para el salto goleador del defensor, que besó su camiseta como si estuviera frenando de un solo tiro la caída que le siguió a su fulgurante aparición en primera. En un palco de la tribuna Centenario sonrió Marcelo Gallardo, en su regreso al estadio ocho meses después de su renuncia. La siempre agradable sensación de un gol no tuvo un efecto contagio en el juego de River, aunque antes del final del primer tiempo volvió a gritar gol. El 2-0 no subió al resultado porque el VAR, a cargo de Felipe Viola, llamó al árbitro Rey Hilfer a revisar una acción previa al toque goleador de Correa. En ella, Cambeses rechazó un remate del mismo Correa mientras Montiel se cruzaba en el camino del arquero. Una típica acción de interpretación, que luego de una larga deliberación, el juez decidió zanjar con la anulación del tanto. Tenía argumentos a su favor, porque en la imagen de TV se observó que Montiel arqueó su cuerpo para evitar que la pelota le pegara, casi pegado a Cambeses. El público, claro, estuvo en desacuerdo, y enseguida descerrajó insultos cantados contra Tapia, que volvieron a escena cuando terminó la etapa. Nadie puede dudar de que el presidente de la AFA es hoy el enemigo público número uno de los hinchas de River, un sentimiento análogo al que se percibe en los despachos del club.En el segundo tiempo, Racing intentó forzar el desarrollo con un arreón inicial que despertó algunos murmullos de nerviosismo en las tribunas. No le sobra calidad a la Academia, pero sí tuvo actitud para buscar el empate. River se sostuvo en esos minutos en la confianza reforzada de Rivero tras el gol y la fiereza de Otamendi para luchar con el errático Maravilla Martínez. En el medio, Lucas Silva -reemplazó en el primer tiempo al endeble Aníbal Moreno, otra vez lesionado- no alcanzaba solo a contener. Ponzio rearmó el diseño con Meza y Lautaro Pereyra y quitó a Lucas Beltrán, dejando a Correa en el frente del ataque. El equipo no ganó demasiada solidez en una noche decididamente gris, pero ya Racing no inquietó tanto y el público se entregó a cantar más que a mirar: todos los coros iban dedicados a Boca, a una semana del viaje a la Bombonera. Lo sintieron así los jugadores cuando apretaron los puños al unísono cuando el árbitro terminó el partido; saben ellos que a este desahogo debe seguirle algo mejor.

Fuente: La Nación Deportes