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Gisela Gilges, life coach: “No hace falta que duela para aprender a frenar en la vida”
Impulsados por la fuerza de la gravedad, un motor en cadena eleva el tren hasta la primera subida. El vagón gana en altura, acumula energía y llega a su punto máximo en la cima. Al caer, el tren se acelera y adquiere velocidad en las partes más bajas. Así, entre curvas y bucles, los vagones se mantienen adheridos a los rieles durante los giros, contrarrestando el efecto. El roce de las ruedas con la vía y la resistencia permiten reducir la velocidad en forma gradual hasta que los frenos detienen el tren. Análoga a una montaña rusa y a su funcionamiento, con matices, pero con un ritmo vertiginoso, hiperestimulados, con ataduras, cuotas de incertidumbre, peligros y apuestas que se intercalan, aunque sin la línea blanca transversal pintada —como en la Fórmula 1— que marca el final de cada vuelta y del recorrido, se vive en estos tiempos, aseguran los expertos en bienestar y desarrollo personal, con “un cerebro al que no se le da espacio, ni paz, que está todo el día funcionando y se sobrecalienta”. El impacto y las consecuencias que acarrea este modus operandi de no saber frenar a tiempo encendieron las alarmas y motivaron a Gisela Gilges, life coach y conferencista, formada en Psicología, Neurología y Recursos Humanos, a profundizar qué escondían estas situaciones cotidianas que tenían como denominador común diagnósticos y enfermedades, los mismos que en los últimos años llegaron a triplicarse en la Argentina. “Descubrí que vivimos mal y que nos hace falta una pausa, ese momento en el cual el cerebro se frena, se aquieta, se ordena, depura lo que no necesita y baja los niveles de cortisol”, explica en diálogo con LA NACION. Y, enseguida, completa: “Estamos con la cabeza muy acelerada; vivimos con ansiedad, enojados o de mal humor. Todos eventos, que más allá de los síntomas físicos, demuestran que es necesario aprender a vivir distinto”. En vistas a conseguirlo y brindar “una oportunidad, una esperanza, una forma de pensar diferentes”, Gisela creó y desarrolló el concepto de biopausia, o de pausa en la vida, que plasmó en su libro homónimo. Un año después, surgió Amarantia, la segunda parte de una trilogía (la tercera se publicará en 2027), cuyo nombre remite a la flor del amaranto que no se marchita; esa metamorfosis se vincula con aquello que viene después de la pausa o lo que hacemos con ella para reinventarnos o volver a empezar. En definitiva, apunta a ubicarnos en el presente, sin desconocer el camino recorrido (el pasado o de dónde venimos) y hacia dónde vamos (el futuro). Fue a partir de esta perspectiva que la especialista diseñó un paquete de herramientas clave para reconocer el agotamiento emocional, la autoexigencia, la herencia de mandatos familiares y la necesidad urgente de escucharse. Muchas de ellas compartirá con el público en la cuarta edición del Desafío Ónix 14 -un programa propio de 14 días para aprender a frenar de manera consciente-, y en lo que será la última presentación del año del ciclo internacional Mentes Expertas, ambas experiencias que combinan lo mejor de los distintos mundos por los que transitó y sentaron las bases de su paradigma. “El mensaje es que no hace falta que duela para aprender a frenar. Es reprogramar la cabeza y enseñarle a hacer esa pausa consciente, incorporarla como un hábito de tu vida”, sostiene la escritora, para luego “poder pararse en un lugar distinto frente a las mismas dificultades, porque en el medio crecimos”. -La idea central de Biopausia es que funcionamos y cumplimos mientras algo se apaga por dentro, hasta que el cuerpo expresa lo que las emociones callaron. ¿Qué implica la biopausia y por qué desarrollaste este nuevo paradigma? -Trato de escribir siempre acerca de los dolores que voy sintiendo en la sociedad y los interpreto en función de los mensajes que me llegan, donde la gente cuenta por dónde le pasa la vida, qué es lo que le está pasando ahora. Y empecé a encontrar que había muchos más diagnósticos médicos de salud física y mental de lo que había habitualmente. Me puse a investigar y encontré que efectivamente esto era cierto, que se habían triplicado en los últimos años la cantidad de diagnósticos que le daban a las personas. Y dije: “¿Qué está pasando? ¿Por qué hay tanta gente que se está enfermando?“. Lo que descubro es que estamos viviendo mal, porque estamos hiperconectados, hiperestimulados, quejándonos todo el tiempo; al cerebro no le damos espacio, ni paz: está todo el día funcionando y se sobrecalienta. ¿Y qué es lo que le falta al cerebro para poder enfriarse? Lo mismo que a un electrodoméstico: la pausa, ese momento en el cual se frena, se aquieta, se ordena, depura lo que no necesita, y baja los niveles de cortisol. - ¿Y cómo se hace esa pausa? ¿Sabemos realmente hacerla?-No, porque nadie nos enseñó. Antes estaba naturalmente. De ahí surge la biopausia, que es la pausa de la vida, la necesidad de todos los días, de frenar cinco minutos, hasta la necesidad de la pausa cuando aparecen eventos críticos, que nos cambian: un nacimiento, un nuevo trabajo, un divorcio, un casamiento. Son eventos, quizás disruptivos, que vienen a cambiarnos y que necesitan que hagamos un descanso.-¿De qué manera encontramos esas pausas en medio de una rutina llena de cosas?-A mí me encanta hacer ejercicios prácticos y cosas fáciles, porque si nosotros hacemos algo mega complejo, no lo hacemos nunca y termina siendo un evento que sobrecalienta mi vida. La estrategia está en los cinco sentidos, que son los que nos permiten conectar con la pausa. El secreto es elegir uno… por ejemplo, el olfato. Elegís el olfato y lo que hacés, a la mañana, cuando te despertás, es relajarte en la ducha. No te duchás con lo que le vas a decir a tu jefe o a tu marido, con quien discutiste; con tus hijos, que no hicieron la tarea; te duchás sola. Y eso implica sentir el olor del shampoo, la crema de enjuague, prestarles atención al aroma que tienen, sentir las gotas caer por tu cuerpo, cerrar los ojos y estar bien. Concentrada y consciente en el baño, simplemente eso, eso ya es una pausa, un evento de pausa. -Es decir que, más allá de las situaciones bisagra o límite, están todos estos minutos diarios que nos permiten frenar. Si no la pausa se vuelve una exigencia más...-Exacto. La pausa es sentir desde la pregunta de: “¿Qué me pasa con esto?”. “Me echaron del trabajo y tengo miedo de no volver a conseguir” o “Me cambié de trabajo y tengo miedo de haberme confundido en la decisión”. Es sentir desde lo que pienso y preguntarme lo que vivo, pero frenando para ordenar mis ideas. El mensaje de Biopausia es que no hace falta que duela para aprender a frenar. Es reprogramar también la cabeza y enseñarle a hacer esa pausa consciente, incorporarla como un hábito de tu vida. -En ese marco, ¿qué diferencia existe entre hacer una pausa y tomarse vacaciones?-A ver… si en las vacaciones vas a sentir, son una pausa, una biopausia. Ahora, si en las vacaciones vas a estar corriendo detrás del reloj, levantándote a los gritos porque llegan tarde, no sirven. Esto no tiene que ver con el evento, sino con cómo habitás ese evento. -¿Cuáles son las consecuencias de no hacer biopausias en la vida? ¿Qué señales va dando el cuerpo?-Vivimos mal. En mis conferencias o mis clases de coaching hago preguntas:“ ¿Quiénes duermen mal? Levanten la mano”. Me dicen: ´¿Qué es dormir mal´. Bueno, dormir mal es que te cueste irte a dormir o despertarte muchas veces durante la noche, o dormir pocas horas, cuatro, cinco horas. El 70 % [de los participantes] levantan la mano. Eso es una forma de vivir mal. ¿Por qué? porque dormir es un evento sagrado, ¿no? Y el cuerpo sabe dormir solo, no hay que enseñarle. Desaprendemos cómo dormir porque estamos con la cabeza muy acelerada; vivimos con ansiedad, enojados o de mal humor. Todos estos eventos, más allá de los síntomas físicos, demuestran que es necesario aprender a vivir distinto. -¿Cuál es la conexión entre Biopausia y Amarantia, tu otro libro?-Biopausia es la pausa. Amarantia es qué hacemos con la pausa, lo que viene después de la pausa, sobre todo en este momento del mundo en el que hay que aprender a reinventarse. Y esta necesidad de reinventarse, de empezar a habitar la vida de una manera distinta, es Amarantia; cómo se hace para ser diferente cuando, quizás, no tenés ganas de serlo, pero necesitás empezar a hacerlo. El libro va trazando toda una historia de cómo los finales implican principios, y esos principios incluyen los finales anteriores. -Una vez que transitamos distintas biopausias, ¿de qué manera nos involucramos en este renacer o transformación? -La biopausia lo que trae, sin que te des cuenta, es el momento de la reinvención, porque aparece un evento que antes no estaba y te implica frenar a pensar. Amarantia es el cómo, es el móvil de cómo hago ese camino, esa transformación, a partir de tres pilares: la mente (lo que pensamos), la emoción (lo que sentimos) y el cuerpo (lo que hacemos). Cuando aparece una desincronización, esa inconsistencia nos empieza a lastimar el cuerpo. -¿Y cómo hacemos?-¿Qué es lo que siento? Hay que poder poner en palabras lo que siento. Si no tengo claro lo que me pasa y lo estoy negando, lo estoy tapando, no voy a transformar nada. Por otro lado, ¿qué es lo que pienso y qué es lo que digo? Siento miedo, pero no quiero sentir miedo, y entonces digo que estoy bien. Y ahí empieza a haber otra desconexión. Una cosa es lo que me digo a mí y otra cosa lo que digo hacia afuera. Entonces, lo que identifico es que tengo que trabajar mi emoción para que cambie mi comportamiento. Se trata de cambiar alguna de las partes para que empiece a traccionar a las otras. Si las tres no están alineadas, voy a creer que estoy cambiando, pero no voy a hacerlo efectivamente.-Este proceso implica una honestidad dolorosa e incómoda. Y también, de alguna forma, un autoconvencimiento para reafirmar hacia dónde va uno, ¿no?-Sí, para generar el hábito, porque después el hábito va solo. Pero el tema es que la instalación del nuevo hábito cuesta más. Cuesta
Fuente: La Nación