Operación Tronador: la mayor movilización naval argentina, el plan de ataque a Chile, la base secreta Frutilla y las visitas de Palito y Monzón

Fue la mayor movilización naval en la historia argentina. La Armada desplegó su Flota de Mar, todas las piezas de la Aviación Naval y el 100 por ciento de su personal. Oficiales, suboficiales y conscriptos. Incluso a furrieles, los “oficinistas” de la fuerza. También reincorporó marinos que estaban en retiro efectivo. Ya no se trataba de una hipótesis de conflicto: el ataque a Chile tenía fecha cierta. Estaban definidos el “Día D” y la “Hora H”.Esta vez, el foco del conflicto estaba en el sur. Más allá de Tierra del Fuego, en las islas Picton, Nueva y Lennox, que en 1977 un laudo arbitral británico había otorgado a Chile. La Argentina rechazó el fallo y la fricción entre los dos países siguió escalando. Para 1978 la crisis del Canal del Beagle alcanzó su pico de tensión.En el mes de octubre, la Junta Militar presidida por Jorge Rafael Videla movilizó 300 mil efectivos hacia los Andes. El nombre oficial de los aprestos fue: Campaña de Defensa y Afirmación de la Soberanía en la zona del Canal de Beagle e islas australes. Pero trascendió en la historia como Operación Soberanía.La Armada Argentina recibió la responsabilidad de concretar el primer ataque. El “Día D” a la “Hora H” debía ocupar cuatro islotes al este del Cabo de Hornos: Evout, Hornos, Barnevelt y Deceit. Fueron elegidos porque eran relativamente chicos y estaban poco defendidos. Recién después las tropas argentinas darían el salto a Picton, Nueva y Lennox. La Aviación Naval “ablandaría” las defensas chilenas para permitir el desembarco de los infantes de marina y la llegada de los helicópteros de transporte. Al Batallón de Infantería de Marina 4, responsable del asalto, se le sumó la Compañía Leopardo, compuesta por 124 efectivos del Ejército Argentino.Este operativo habría desencadenado un conflicto abierto con Chile a lo largo de los más de 5.000 kilómetros de frontera.Así lo explicó el historiador y teniente coronel Roberto Fabián Arias Malatesta a LA NACION: “La Operación Soberanía era un plan puramente ofensivo. La idea era conquistar la mayor cantidad de terreno posible para cuando interviniera Naciones Unidas negociar desde una posición de fuerza. El objetivo era cortar el país en dos y asediar Santiago”.Luego de ocupar y asegurar las islas, la Armada tenía que controlar el Estrecho de Magallanes, llegar al Cabo de Hornos, pasar al Pacífico y destruir la flota chilena. Además, debía conquistar toda la isla de Tierra del Fuego. Al este conjunto de acciones llamó Operación Tronador. Camino al Valle de AndorraPablo Loubet Jambert es aviador naval, piloto de helicópteros. Veterano de la Guerra de Malvinas, se retiró en 1990 con el cargo de teniente de navío. En diciembre de 1978, cuando le faltaban días para egresar de la Escuela de Aviación Naval, fue movilizado a Tierra del Fuego para participar en la Operación Tronador. A partir de su experiencia e investigaciones posteriores, escribió Conflicto con Chile... la guerra que nunca llegó (Instituto de Publicaciones Navales), el libro que mejor documenta la movilización naval. Con fotos, mapas y testimonios de los protagonistas.Llegó a Tierra del Fuego con 22 años. Aún no había recibido sus alas, el brevet que le permite volar aviones. Recién después podría comenzar el curso para pilotear helicópteros. -¿De dónde nace su pasión por los helicópteros?-Yo nací en el 56. En la década del 60 había una serie que se llamaba Pájaro de Acero. Ahí aparecían los helicópteros Bell 47, esos que tienen la cabina como una burbuja, ¿viste MASH? Yo tenía 6 años y dije: “Yo quiero volar eso”. Y toda mi vida estuvo enfocada en los helicópteros. Cuando terminé el secundario dije: “Bueno, me voy a probar a la Fuerza Aérea”.-Hubiese sido lo lógico. Sin embargo, terminó en la Armada.-Sí, porque mi familia es naval. Y me empezaron a ver como un traidor (ríe). La Armada me ofrecía más alternativas que la Fuerza Aérea: si no llegaba a ser piloto no me quedaba en tierra, me podía ir a un buque, podía ser artillero, antisubmarino, o muchas otras cosas. Eso me decidió, así entré a la Escuela Naval Militar.-Era todavía un alumno cuando, en 1978, lo mandaron a Tierra del Fuego.-Todavía no era nada. Guardiamarina, pinche, último en el escalafón... Recién había terminado el viaje en la Fragata Libertad, que son seis meses de un poco de todo, ¿no? De pronto, en 1978, en la escuela de aviación nos aceleraron las etapas de vuelo. Para noviembre solo nos quedaban unas pocas materias teóricas. En diciembre dieron por terminado el curso y nos mandaron a distintas escuadrillas operativas. Como sabían que yo quería volar helicópteros, me mandaron a Espora.-¿Sabía que había una posibilidad de conflicto concreta?-No, para nada. Llegué a Espora (la base aeronaval en Bahía Blanca), me dieron un portafolio y me dijeron: “Esta es su valija de navegación. Mañana salimos, nos vamos a Río Grande”. Ahí tuve mi primer contacto con el helicóptero Alouette, como navegante, con la carta náutica, marcando el rumbo.-Todavía no había hecho el curso de helicóptero.-No, ni siquiera había recibido mis alas. En esos primeros vuelos descubrí que el helicóptero es muy distinto al avión, porque no quiere volar. Es aerodinámicamente inestable. Vos soltás los comandos del avión y el avión vuela. El helicóptero, en cambio, no quiere volar. Vos tenés que tenerlo permanentemente agarrado. Estoy hablando del año 78, ¿eh?-¿Sabía a qué iba a Río Grande?-No. Salimos siete helicópteros juntos, en patota. El vuelo duró tres días, hicimos varias escalas. Prefectura -que dependía de la Armada- contaba con aviones Skyvan, que aterrizaban y despegaban en espacios cortos. Uno de ellos volaba con nosotros y llevaba combustible. De Río Grande nos mandaron a Ushuaia, adonde nos dijeron: “Hay que preparar un helipuerto de campaña”. Y nos señalaron un punto en el mapa llamado el Valle de Andorra, que está justo detrás de Ushuaia, pasando el Cerro del Medio.-¿Qué había en Valle de Andorra?-Nada, todo naturaleza. Armamos una base desde cero que cumplía con todos los requerimientos: tenía generadores de electricidad, ametralladoras antiaéreas y pomada para lustrar zapatos. Nos ayudó un grupo de “infantes de marina”. Y le pongo comillas porque era un oficial mayor, infante de marina, que vino con dos conscriptos y tres cabos que eran furrieles. Mientras armamos la base nos fuimos enterando cómo venía escalando el conflicto con Chile. Yo era un pajarito recién salido del cascarón, de la Escuela Naval.-¿Cómo era la base Andorra?-Con carpas grandes armamos nuestras barracas, el comedor, la cocina, una enfermería, la sala de operaciones... ¡hasta un arsenal para guardar la munición! Todo metido dentro del bosque. Construimos el helipuerto para los Alouette con su anillo perimetral de luces. Teníamos dos generadores que nos proveían electricidad. Alrededor de la base construimos búnkers -o casamatas- que recubrimos con nylons para protegerlos de la humedad, donde teníamos guardias permanentes. También minamos parte de la entrada al valle. Si cortábamos un tronco, poníamos barro en el tocón que quedaba para que no quedara blanco. Siempre pensábamos en fotografías aéreas chilenas.-¿Cuál era su misión allá?-Hice de todo. Cada dos o tres días viajaba como podía a Río Grande. De polizón en un avión, colado en un helicóptero o en la caja de un camión. Iba a buscar provisiones y cosas para la base. Allá había un SADOS (Supermercado de la Obra Social de la Armada Argentina) donde teníamos una cuenta corriente. En la base de Río Grande estaba prácticamente toda la Aviación Naval, excepto la embarcada. Estaban los Aermacchi 326, los Grumman Tracker S-2E recién llegados, los North American T-28, algún Sea King... La base estaba desbordada. Hay un detalle color que dimensiona todo esto: en la base había un solo baño. Algunos compañeros hicieron un cálculo y definieron que todos teníamos dos minutos por día para ir al baño... Una locura.-¿Los Alouette en Andorra estaban armados?—Estaban listos para salir a volar, pero no en configuración de combate. Algunos tenían ametralladoras MAG que después, a la noche, se sacaban y se usaban para los búnkeres, para la defensa.-¿Supo, en aquél momento, cuál era el Día D y la Hora H?—Estaba fijado, pero nosotros nunca lo supimos. El comandante, sí. Nosotros lo supimos después. Es una historia muy graciosa. Todas las noches nos juntábamos a cenar. El 22 de diciembre notamos a nuestro comandante, el capitán Juan Imperiale, un poco eufórico. Empezó una charla que nos pareció bizarra, que no tenía mucho sentido, porque habló de supervivencia, primeros auxilios y de la relación entre los milésimos ocupados en la mira por las lanchas torpederas chilenas con la distancia a la que se encontraban del helicóptero... ¿De qué está hablando el señor este?, pensábamos. Además, a medida que iba hablando se ponía cosas en la cabeza: capucha, anteojos... Nos fuimos a dormir sin entender qué había pasado. Al otro día, diana temprano, como siempre, y en el desayuno nos enteramos de que había llegado el “Día D” y la “Hora H” de la Operación Tronador. Pero el ataque se había suspendido por el acuerdo con el cardenal Samoré. Fue todo tan repentino que algunos grupos ya habían cruzado la frontera. Ya habían empezado. Por suerte no se cruzaron con ningún chileno...El “Día D” fijado para disparar la Operación Tronador era el sábado 23 de diciembre. Y la “Hora H”, donde comenzaría el ataque, a las 4 de la mañana.Pasada la medianoche del 22 de diciembre, en la primera hora del 23, cuenta Loubet, se emitió un mensaje por radio a todas las unidades involucradas en comenzar la ofensiva. No tenía códigos ni estaba cifrado. Muy claro, decía “No puedo proveerle víveres”. La frase tenía un sentido único: cancelar la operación. Los grupos que habían comenzado el desplazamiento volvieron al punto de partida.El capitán Imperiale, comandante de la Base de Andorra, revelaría mucho después la misión que le habían asignado: “En las primeras horas de la mañana teníamos que atacar una batería de obuses de 120

Fuente: La Nación