La IA supone, por contrapartida, una inteligencia natural

Las mañanas comienzan con mi perra. Luego de nuestro paseo, tomamos el desayuno y nos sentamos a leer. Yo en el sillón, libro en mano, y ella a un costado. A veces ocurre que, tras algunos bostezos, baja del sillón y comienza a ejecutar un movimiento de excavación en el parquet. Por supuesto, el movimiento es infructuoso, pero ella lo ejecuta con absoluta rigurosidad.De vez en cuando nos gusta llevarla a alguna playa. Allí nos regala el espectáculo de su más absoluta felicidad. La vemos ir y venir corriendo a toda velocidad, le tiramos palitos para que los recoja, y también la observamos, extasiada y llena de arena, cavar un pozo delante de nosotros para enterrar sus tesoros.Esa es la maravilla del instinto. Un programa definido que se ejecuta sin vacilación, una especie de software natural que se sigue paso a paso. De un modo análogo, los modelos de inteligencia artificial ejecutan sus comandos sin cuestionamiento ni pregunta intencional. Bien contextualizados, pueden producir cosas brillantes. Pero corridos levemente de su contexto, su ausencia de juicio se vuelve evidente.Luego de varios siglos, lo humano recupera hoy su lugar en el cortejo de la naturaleza. Y lo hace, paradójicamente, por contraste con esta cosa nueva que es la inteligencia artificial. El artificio, que en algún momento constituyó la definición misma de la capacidad humana, se independiza hoy hasta tal punto que devuelve al ser humano a la naturaleza.¿Qué nos maravilla o, mejor aún, qué nos fascina de la inteligencia artificial?Hacia finales del siglo XVI, Montaigne ponía en cuestión la idea de que la razón distingue al humano del animal. Fiel a la tradición del escepticismo, desconfiaba de la posibilidad de encontrar un fundamento certero para la verdad. La incertidumbre no era entonces un problema a resolver, sino una posición frente a la vida: calma, detención, suspensión del juicio. Pascal heredará esa desconfianza en las facultades humanas, pero extraerá de ella una consecuencia diferente. Allí donde Montaigne suspende el juicio, Pascal vuelve a Dios. La naturaleza caída, desgarrada, del ser humano, da cuenta, retroactivamente, de que debe haber habido algo mejor. El ser humano es como un rey destituido, dice Pascal, y solo un rey destituido puede anhelar volver a reinar.Lejos de venir a rubricar esa destitución, la inteligencia artificial viene a devolver al humano el misterio de su propia condición. Nos maravilla que un programa digital diseñe un edificio o un folleto comercial y, sin embargo, ya no nos sorprende que Leonardo da Vinci haya inspirado la escalera del palacio de Chambord o que Miguel Ángel haya sustraído de la piedra todo lo que no era el David.¿Qué distingue al ser humano del resto de los seres naturales, si es que existe tal distinción? ¿Es la facultad de la razón, como lo pretende el pensamiento ilustrado? ¿Acaso lo humano se distingue por ser el lugar donde se manifiesta Dios, donde él se vuelve autoconsciente? O, en una versión más secularizada, ¿es lo humano el lugar donde el mundo se interroga por sí mismo? Pascal describe el instinto con la figura de un loro que limpia su pico incluso cuando ya está limpio. El instinto sería entonces una especie de programa que funciona de modo autónomo, pero que se vuelve en cierto modo acéfalo. Algo muy parecido ocurre con el funcionamiento de la inteligencia artificial. La IA también limpia su pico incluso cuando ya está limpio, porque el comando ordena limpiar.Sin embargo, el propio Montaigne advertía que sería erróneo considerar al animal inferior al humano por la vía de su supuesta inteligencia o racionalidad. El término francés bêtise refiere a la tontería utilizando la raíz de la palabra bestia. Pero diríamos que no hay nada más bestial que el ser humano, sobre todo en su relación con la naturaleza. El animal, dice Montaigne, es más coherente en sus actos, más fiel a su naturaleza. La tontería del humano surge de la pretensión de ser más grande de lo que es. El ser humano no tiene un programa instintivo, tiene pulsiones. Debe arreglárselas con la existencia sin un manual de uso. ¿Por qué, si no, repetimos aquello que nos hace mal? La eficacia no es propia del humano, pero sí la intencionalidad.A diferencia del resto de los animales, los humanos nacemos en un estado casi absoluto de indefensión. Debemos esforzarnos, caernos, aprender, dar un rodeo por las cosas del mundo para conseguir nuestro sustento. Esa indefensión, esa falla estructural, es también la fuente de las más maravillosas creaciones. Entre ellas, el arte. La creación es la modalidad humana por excelencia de arreglárselas con el vacío que constituye su ser. Vacío que solo existe por habitar un mundo de palabras. ¿Es la inteligencia artificial verdaderamente capaz de crear, en el sentido pleno de la palabra? La IA puede diseñar objetos bellos, pero difícilmente pueda abismarse ante lo sublime, ni mucho menos encarnarlo.De algún modo, la IA es un síntoma de nuestra relación actual con el mundo y con nosotros mismos. Denuncia que hemos borrado el lugar del misterio, y quizá la capacidad de maravillarnos ante el milagro de la existencia, de sorprendernos ante la complejidad del ser humano, de angustiarnos ante nuestro desamparo radical, de irritarnos ante las injusticias.Lo curioso es que la IA no aporta nada nuevo. Solo replica, copia. Es el colmo de la mímesis en el sentido de Platón. Si la IA no es sino nuestra copia, ¿por qué nos fascina? Quizás porque vivimos una época en donde estamos más fascinados por la copia que por el original. Una era de consumos algorítmicos atrapados en la repetición de lo idéntico, donde las cosas pierden su potencia y su originalidad.La inteligencia artificial es la renuncia del ser humano a lo que constituye quizá su última esencia: su singularidad. Acaso por eso impresiona más una IA que hace una aplicación para pedir hamburguesas con dos clicks que el techo abovedado de una catedral gótica en cuyo vacío resuena el silencio de Dios.Todavía es muy pronto para saber cuál será el devenir de esta nueva presencia. Pero es mucho lo que ya podemos leer de ella en cuanto síntoma que nos concierne, que nos revela una verdad. No está claro dónde se encuentra la frontera, cuál es el límite entre la naturaleza y la cultura. Pero sí parece ser útil ese corte que instituye un umbral: el artificio se independiza de lo humano, se vuelve inteligente. Si existe una inteligencia artificial, es porque tal vez la nuestra sea la propia inteligencia de la naturaleza. El problema, quizá, es que estamos cada vez más tontos.Alan Talgham es psicoanalista; magíster en Letras Modernas por la Université Sorbonne Nouvelle, autor del libro La ética del silencio, docente UBA

Fuente: La Nación

La rebelión que aún no llegó General

La rebelión que aún no llegó

La pregunta es si nuestros jóvenes van a seguir el camino de Europa o el de Brasil y Serbia. Leer má...

Perfil